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BIBLIOTECA HISPAAO-SIRAMERICANA.

COSMOS

ENSAYO DE UNA

DESCRIPCIÓN FÍSICA DEL MUNDO

POR

ALEJANDRO DE HUMBOLDT.

VERTIDO AL CASTELLANO

PARA

ESTA BILIOTECA.

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TOMO I.

-""bé LGTCA.

EDUARDO PERIÉ, EDITOR,

1875,

PREFACIO

DE

ALEJANDRO DE HUMBOLDT (1)

Próxima á su fin mi existencia, ofrezco á mis compatriotas una obra que ocupa mi pensamien- to hace ya medio siglo; hela abandonado en di- ferentes ocasiones, dudando de que empresa tan temeraria lograra al cabo realizarse; pero otras tantas, quizás imprudentemente, he vuelto á, proseguirla, persistiendo así en mi propósito primero. Doy al público el Cosmos, con la na- tural timidez que me inspira la justa descon- fianza de mis fuerzas, y procurando olvidar que aquellas obras por mucho tiempo esperadas, son

(1) Las unidades de medida de que en ésta obra se hace uso son las del sistema métrico, legal y vigente en Espa- ña: y las indicaciones termométricas, se refieren á la es- cala centígrada. (y. del T.)

IV PREFACIO.

las que con menor benevolencia se reciben gene- ralmente.

Las vicisitudes de mi vida y el ardiente de- seo de instruirme en muy diferentes materias, me obligaron á ocuparme durante muchos años, y esclusivamente en apariencia, en el estudio de riendas especiales, como la botánica, la geolo- gía, la química, la astronomía y el magnetis- mo terrestre. Preparación necesaria era esta, si habían de emprenderse con utilidad lejanos via- jes; pero también tales trabajos tenían otro ob- jeto más elevado: el de comprender el mundo de los fenómenos y de las formas físicas en su co- nexión y mutua influencia. Desde mi primera edad he tenido la suerte de escuchar los benévo- los consejos de hombres superiores, convencién- dome desde luego de que si no se poseen sólidos conocimientos relativamente á las diversas par- tes de las ciencias naturales, la contemplación de la naturaleza en más estensos horizontes, co- mo el intento de comprender las leyes porque se rige la física del mundo, solo vana y quimérica empresa serian.

Los conocimientos especiales se asimilan y fecundan mutuamente por el mismo enlace de las cosas. Cuando la botánica descriptiva, por ejemplo, no se circunscribe á los estrechos lími- tes "del estudio de las formas y su reunión en gé- neros y especies, lleva al observador que recorre bújo diferentes climas, vastas estensiones conti- nentales, montañas v mesetas, á las fundamen-

PREFACIO. Vir

tales nociones de la Geografía de las plantas, á la esposicion de la distribución de los vejetales, según la distancia del Ecuador y su elevación so- bre el nivel de los mares. Ahora bien; para com- prender las complicadas causas de las leyes que regulan esta distribución, preciso es penetrar en el estudio profundo de los cambios de tempera- tura del radiante suelo y del océano aéreo di. que nuestro globo se halla envuelto. De este modo es como el naturalista ávido de saber se condu- cido de una esfera de fenómenos dada á otra se- gunda que limita los efectos de aquella. La Geo- grafía de las plantas, cuyo nombre era casi des- conocido há medio siglo, nos ofrecería una árida nomenclatura, desprovista de interés, si no re- cibiese poderoso auxilio de los estudios meteoló» gicos.

La mayor parte de los viajeros que han veri- ficado espediciones científicas, se limitaron á vi- sitar costas, y así necesariamente tiene que su- ceder en los viajes alrededor del mundo; yo he disfrutado de la ventaja de haber recorrido es- pacios considerables en el interior de dos gran- des continentes, y en regiones en que presentan los más fuertes contrastes, como son: el paisaje tropical y alpino de Méjico ó de la América del Sur, y el paisaje de las estepas del Asia boreal. Empresas de esta clase debían, dada la tenden- cia á generalizar las ideas que hay en mi espíri- tu, vivificar mi ardimiento, y escitarme á reu- nir en una obra especial, los fenómenos terres-

VIH PREFACIO.

tres y los que se efectúan en los espacios celes- tes. La descripción física de la tierra, poco de- terminada hasta entonces como ciencia, se con- virtió, según este pensamiento, que se estendia á todas las cosas creadas, en una descripción física del Mundo.

Grandes dificultades presenta la composición de una obra semejante, si ha de reunir al valor científico, el mérito de la forma literaria. Trá- tase de llevar el orden y la luz á la riqueza in- mensa de materiales que se ofrecen al pensa- miento, sin despojar á los cuadros de la natura- leza del soplo que los anima; porque si nos limi- táramos á esponer resultados generales, incurri- ríamos en una gran aridez y monotonía, pareci- da á la que resultada de enumerar multitud de hechos particulares. No me atrevo á lisonjearme de haber satisfecho condiciones tan difíciles de llenar, y evitado escollos cuya existencia única- mente puedo yo señalar.

La débil esperanza que tengo de obtener la indulgencia del público descansa en el interés que ha manifestado hace tantos años, por una obra publicada poco después de mi vuelta de Mé- jico y los Estados-Unidos, con el título de Cua- dros déla Naturaleza. Este libro, escrito primi- tivamente en alemán, y traducido al francés, con raro conocimiento de ambos idiomas, trata bnjo puntos de vista generales, de algunas rama» de la geografía física, tales como la fisonomía de los vegetales, de las sábanas y de los desier-

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tos, y el aspecto de las cataratas. Si ha sido de alguna utilidad, débese menos á los conocimien- tos que en él han podido encontrarse, que á la influencia que ha ejercido en el ánimo y la ima- ginación de una juventud ávida de saber y pron- ta á lanzarse á lejanas empresas. He procurado hacer ver en el Cosmos, lo mismo que en los Cua- dros de la Naturaleza, que la exacta y precisa descripción de los fenómenos no es absolutamen- te inconciliable con la pintura viva y animada de las imponentes escenas de la creación.

Esponer en cursos ó lecciones públicas las ideas que se creen nuevas, me pareció siempre el medio mejor de darlas la posible claridad; por esto intenté este ensayo en dos lenguas di- ferentes, en París y en Berlín. No conozco los cuadernos que oyentes entendidos formaron en- tonces, prefiriendo no consultarlos; porque la redacción de un libro impone bien diversas obli- gaciones de las que lleva consigo la esposicion oral de un curso público. A escepcion de algunos fragmentos de la Introducción, todo el Cosmos ha sido escrito en los años de 1843 y 1844; de- biendo advertir, que el curso que di en Berlín, y que se compone de sesenta lecciones, es ante- rior á mi espedicion al Norte del Asia.

El primer tomo de esta obra contiene un cua- dro de la Naturaleza, que abarca el conjunto de los fenómenos del universo, desde las nebulosas planetarias hasta la geografía de las plantas y los animales, terminando por las razas huma-

X PREFACIO.

ñas. Este cuadro precedido de algunas consi- deraciones sobre los diferentes grados de goce que ofrecen el estudio de la naturaleza y el co- nocimiento de sus leyes, y una discusión razo- nada sobre los límites de la ciencia de los Cos- mos, y el método según el cual intento esponer- la. Todo lo que respecta al detalle de las obser- vaciones particulares, y á los recuerdos de la antigüedad clásica, eterna fuente de instrucción y de vida, está reducido en notas colocadas al final de cada tomo.

Es observación muy frecuente y al parecer poco consoladora, la que cuanto no tiene sus rai- ces en las profundidades del pensamiento, del sentimiento y de la imaginación creadora, cuan- to depende de los progresos de la esperiencia, de las revoluciones que la creciente perfección de los instrumentos y la esfera más estensa cada dia de la observación hacen esperimentar á las teorías físicas, pronto envegece. Las obras de ciencias naturales llevan pues en mismas un germen de destrucción, de tal suerte que en me- nos de un cuarto de siglo se ven condenadas al olvido por la rápida marcha de los descubri- mientos, é ilegibles para aquellos que se encuen- tran á la altura de los progresos de; tiempo. Sin negar la exactitud de estas reflexiones, pienso no obstante que aquellos á quienes el prolonga- do é íntimo contacto con la naturaleza penetró del sentimiento de su grandeza, y que en este sa- ludable comercio fortificaron á la vez su carác-

PREFACIO. XI

ter y su espíritu, no pueden afligirse de que cada dia sea más y más conocida, y se estienda ince- santemente el horizonte de las ideas como el de los hechos. En el estado actual de nuestros co- nocimientos partes muy importantes de la física del mundo están ya cimentados sobre sólidos fundamentos. Un libro en que se pretende reunir todo lo que en una época dada se ha descubierto en los espacios celestes, en la superficie del globo, y á la débil distancia en que nos está permitido leer en sus profundidades, puede, si no me engaño, ofrecer aun algún interés, cual- quiera que sean los progresos futuros de la ciencia, con tal que logre retratar vivamente una parte siquiera de lo que el espíritu humano apercibe como general, constante y eterno, entre las aparentes fluctuaciones de los fenómenos del universo.

APUNTES BIOGRÁFICOS

DE HUMBOLDT.

No pretendemos escribir una biografía pro- piamente dicha del ilustre sabio alemán, autor del Cosmos, empresa de suyo ardua y difícil; por- que para seguir paso á paso el camino que Hum- boldt recorriera durante su vida, y detallar sus triunfos, y examinar sus trabajos, fuera preciso más espacio del que podemos disponer, y entrar en la historia de las ciencias naturales, tan ade- lantadas en periodo tan breve, merced, muy principalmente, á las investigaciones de este grande hombre.

Ya que así no sea, al menos reseñaremos li' geramente los puntos más culminantes de tan gloriosa existencia, cumpliendo de este modo con el respeto que á la memoria del autor del Cos- mos se debe, y con la obligación de darlo á co- nocer á los lectores de su obra inmortal.

XIV APUNTES BIOGRÁFICOS.

Nació Alejandro de Humboldt, barón de Hura- boldt, en Berlín, el dia 14 de Setiembre de 1769- Su padre, mayor del ejército prusiano y cham- belán del rey, casó con Mme. Colomb, viuda del barón de Holwede. De estas segundas nupcias nacieron, el ilustre sabio de quien tratamos, y Guillermo, de alguna más edad que Alejandro, muy estimado como lingüista y lilósoíb, y que ocupó puestos diplomáticos de importancia en su país. Una intimidad inalterable ligó durante su vida á los dos hermanos, que juntos pasaron sus primeros años en Tegel, posesión de recreo de la familia, cerca de la capital.

Uno de los maestros que cuidó de su educa- ción en la infancia fué Campe, autor del Nuevo Robinson, iibro tan conocido como bello. Des- pués continuó Ivunth la enseñanza hasta la sa- lida de los hermanos para las universidades.

En 1783 fueron á Berlín donde recibieron las lecciones de varios hombres ilustres, hasta que en 1780 pasaron á la universidad de Francfort, y de allí á Gottinga, cuna por entonces de los más distinguidos sabios. Blumenbach, Eichhorn y Heyne, enseñaban en aquella casa, y de todas partes venia la juventud más florida á recoger la ciencia de sus autorizados labios. Alejandro Humboldt, apartado de su hermano desde esta época, hizo gran amistad con Jorge Forster, residente en Gottinga. Forster que acompañó á Cook, siendo aun niño, á su viaje alrededor del mundo, encendió con sus narraciones inteligentes

APUNTES BIOGRÁFICOS. XV

los deseos innatos de Humboldt hacia las corre- rías ó investigaciones remotas.

El resultado de estas sinceras relaciones de Forster y Humboldt, fué un viaje que hicieron el año 1790 á las orillas del Rhin. La primera obra de Humboldt Observaciones mineralógicas sobre ciertas formaciones basálticas del Rhin, fué el fruto de esta espedicion.

Poco tiempo después le llevaron sus aficiones á la escuela de Comercio de Hamburgo, y de allí á la Academia de minas de Freiberg, donde Wer- ner asentaba su brillante reputación corno geó- logo y mineralogista. En esta famosa Academia hizo conocimiento con el célebre Leopoldo de Buch, que llegó á ser uno de sus mejores y más íntimos amigos.

Acabada su educación, ocupó el empleo de asesor del distrito minero de Berlin y de los principados de Bayreuth y de Auspach. Por en- tonces (año de 1793) publicó Humboldt su Flora subterránea de Freiberg, con aforismos sobre la fisiología química de las plantas. También en esta época el poeta Sniller le agregó á la redac- ción de su periódico Las horas, en el cual vio por primera vez la luz su opúsculo la Fuerza vital, que después llevó á los Cuadros de la na- turaleza. Algo más tarde y por consecuencia del descubrimiento famoso de Galbani, Humboldt dio á la imprenta en 1795, su trabajo titulado Esperimentos sobre la irritabilidad nerviosa y muscular, á que tanto cariño mostró siempre.

XVI APUNTES BIOGRÁFICOS.

Desde 1793 á 1790, este espíritu infatigable, en el cual se engendraban necesidades y aficio- nes de tan diversos géneros, ocupó también va- rios puestos en la carrera diplomática de algu- na importancia. A fines de 1796 tuvo el pesar de perder á su virtuosa madre. Esta desgracia fué sin embargo la causa ocasional de sus viajes á América, deseo contenido por su amor filial. Desde este momento no pensó sino en prepararse para nuevos estudios, entre ellos la astronomía bajo la dirección de Zach, enagenando sus bie- nes para realizar su propósito bien decidido de visitar el nuevo mundo.

Con Leopoldo de Buch pasó en Italia corto tiempo, dirigiéndose á París que aun no cono- cía, con el objeto de adquirir ciertos instrumen- tos necesarios á sus espediciones y relacionarse á la vez con lo más florido del mundo científico. La acogida que obtuvo escedió á sus esperanzas, y despertó en él un cariño estraordinario por aquel país, que conservó hasta su muerte.

Sin efecto la espedicíon del Bristol al Egipto, en 179S, y aplazada indefinidamente la que Bau- din y Hamelin proyectaban á la Australia, por encargo del Directorio, se decide Humboldt que venia ya acompañado de Bonpland, con quien trabó amistad en Francia, á pasar el invierno de 1798 á 1799 en la capital de España.

Su merecida fama científica y lo esmerado de su educación, conquistáronle aquí las simpatías de muchas personas de valimiento, y el apoyo

APUNTES BIOGRÁFICOS. XVII

de Urquijo, ministro á la sazón de Carlos IV. Aprovechóse Humboldt de estas relaciones, y solicitó y obtuvo por mediación de Urquijo, el permiso de visitar nuestras colonias de América y las islas Filipinas, encareciendo Humboldt las inapreciables ventajas que habríamos de repor- tar de su viaje, por el mas exacto conocimiento de nuestros dominios allende los mares. En las siguientes palabras nos da cuenta él mismo de sus gestiones y del éxito que lograron: «Pre- sentáronme á la corte, residente á la sazón en el real sitio de Aranjuez, y el rey me acogió con sumo agrado. Espliquéle los móviles que me inducian á intentar un viaje al Nuevo Mundo y á las Filipinas, y presenté una Memoria sobre el asunto al secretario de Estado D. Mariano Luis de Urquijo. Este ministro apoyó mis pre- tensiones y desvaneció todos los impedimentos. Obtuve dos pasaportes, uno del rey mismo, y otro del Consejo de Indias: jamás se habia otor- gado un permiso mas lato á viajero alguno, ni ningún extranjero habia sido honrado por el Go - bierno español con una confianza igual á la que se me dispensó.»

Embarcáronse Humboldt y Bonpland en la Coruña, siendo recibidos por el capitán de la corbeta Pizarro con la consideración mas dis- tinguida, por orden de nuestro Gobierno. Hi- cieron escala en Tenerife, y allí se detuvieron los ilustres viajeros para estudiar el Pico y la Orotava, todo el tiempo que desearon, arribando

2

XVIII APUNTES BIOGRÁFICOS.

felizmente á Cumaná, el 16 de julio del mismo año de 1799, y pisando al fin el anhelado suelo americano. Gloria y grande toca á España por el auxilio eficacísimo que prestara á Humboldt, y por ser también con este motivo ocasión de la bellísima obra del sabio alemán, Ensayo so- bre la isla de Cuba.

Comenzó Humboldt sus investigaciones por el estado de Venezuela, en donde llamaron su atención profundamente los temblores de tierra, tan frecuentes en aquellas regiones apartadas, aquellas selvas vírgenes, aquellos raudales que dan el carácter á la fértil naturaleza de los paises de América.

El Orinoco, el Rio Negro, el Casiquiare, el Atrapabo, cuantas corrientes de alguna impor- tancia riegan aquel suelo, son visitadas por los intrépidos viajaros, descansando al fin en An- gostura, hoy Ciudad-Bolivar. Humboldt y Bon- pland regresaron á Cumaná, con el propósito de reunirse á la espedicion de Baudin y Hamelin; mas el bloqueo de los ingleses les hizo desistir de su intento, hasta que trascurridos dos meses llegan á la Habana, permaneciendo allí algún tiempo.

Tienen noticia por entonces de que el capitán Baudin habia doblado el Cabo de Hornos, y abandonan á Cuba, dirigiéndose á las costas del mar del Sur por Puerto Cabello, Cartagena y el istmo de Panamá.

Suben el Rio Magdalena, en Nueva-Granada,

APUNTES BIOGRÁFICOS. XIK

hasta Santa de Bogotá, desde donde, despue;s de unos dias de esploraciones curiosas, paran en Quito en enero de 1802. La cordillera de Quindiu y sus volcanes fueron prolijamente es- tudiados durante cinco ó seis meses, verificando á seguida, el 23 de junio, la famosa ascensión al Chimborazo hasta una altura de 6,072 metros, la mayor que hombre alguno habia por enton- ces alcanzado.

Humboldt y Bonpland se dirigieron luego al Perú, descansando en Lima algún tiempo; desde allí fueron á Guayaquil y se embarcaron para Méjico á donde arribaron en abril de 1802.

De gran importancia y fecundos resultados para la ciencia, fueron los numerosos trabajos de los intrépidos viajeros en esta comarca de la América, del dominio de los españoles en aquella época. Embarcáronse para la Habana en marzo de 1804. Después de algún tiempo se dirigieron á los Estados-Unidos, visitaron Filadelfia y Washington, haciendo conocimiento con Jeffer- son, presidente de aquella república, hombre ilustrado que los acogió con distinción. Tuvo allí Humboldt noticia de que la Academia de Ciencias de París le habia nombrado socio cor- respondiente, y el 9 de junio de 1804 partió para Francia.

Su llegada á la capital fué un triunfo, tanto mayor, cuanto que habian corrido noticias de su muerte.

Humboldt comenzó á ocuparse, una vez en

XX APUNTES BIOGRÁFICOS.

París, de la publicación del celebre Viaje á las regiones equinocciales del Xicevo Continente, cuya primera entrega salió en 1807, no termi- nando la obra hasta 1827. Al levantamiento de este trabajo monumental que consta de 8 tomos en l. " y 15 en folio, cooperaron con sus conoci- mientos Arago, Cuvier, Gay-Lussac, Kunth, Klaproth, Wildenow, Oltmanns, Latreille, Va- lenciennes y Vauquelin, en mas ó menos parte. Humboldt se ligó íntimamente con Gay-Lussac y Arago, á quienes tuvo por contrarios con oca- sión de su Memoria sobre la descomposición química del aire atmosférico, publicada en Alemania antes de su viaje á América.

Humboldt y Gay-Lussac pasaron juntos á Italia en marzo de 1805, atravesaron los Alpes y Apeninos, llegando á Roma, donde le espera- ban su hermano Guillermo, y su amigo Leopol- do de Buch. Además de los trabajos y esperi- mentos meteorológicos que practicaron durante su espedicion, Humboldt con Gay-Lussac y Buch visitaron el Vesubio, precisamente en una de sus más terribles esplosiones.

A su regreso de Italia, hace Humboldt una escursion á su patria, donde fué celebrada su vuelta por una medalla. Durante su permanen- cia en Prusia, preparó la primera edición de sus Cuadros de la Naturaleza, que se publicaron en 1808.— En 181 1 pasa á Londres con su hermano, ministro plenipotenciario de Prusia en la Gran Bretaña.— En 1822, por deseo especial del rey de

APUNTES BIOGRÁFICOS. XXI

Prusia, le acompaña al Congreso de Verona y á Ñapóles.

Terminada en 1827 la publicación de su obra, cede á las instancias del rey de Prusia, y vuelve á fijar su residencia en Berlin. Ocúpase en esta época de la Geografía de las plantas del Nuevo Continente, y publica el Ensayo sobre la isla de Cuba.

En 1829 el czar Nicolás de Rusia le invitó á que visitara el Asia Central en compañía de G. Rose, Ehrenberg y Menschenin. Esta espedi- cion que emprendió Humboldt á los sesenta años de edad, salió de San Petersburgo el 20 de mayo de 1829, visitando Moscou, Kasan, Yeka- therinenburgo, los montes Ourales, Nisnei-Ta- guilok, Bogoslowsk, Tobolsk y Altai; desde allí el lago Dsainsang, en la Dzongaria, volviendo á Moscou á los nueve meses, por las estepas de Ischim, Omsk, Miask, el lago Ilimano, Orenbur- go, Astrakan, el Mar Caspio, Saratow, Sarepta, Woronech y Tula.

Los principales resultados de este famoso viaje, fueron consignados en los Fragmentos de geología y de climatología asiáticas, en la obra alemana de Gustavo Rose, Viage de Humboldt, Ehrenberg y Rose á los montes Urales y Altai y al mar Caspio, y sobre todo, en el bellísimo es- tudio escrito en francés por Humboldt, á que dio el título de Asia Central.

Al regresar de su espedicion, recibió Hum- boldt el encargo de ir á reconocer á Luis Felipe

XXII V.PUNTES BIOGRÁFICOS.

por rey de los franceses, después de los sucesos de julio de 1830, volviendo á Berlín cuando la revolución destronó al Orleans.

En 1835 Alejandro de Humboldt esperimentó el amarero dolor de perder á su hermano, y en L838 á la hija mayor de este, que era también la mas querida; y por último, en 1840 á su rey Federico Guillermo ni, que de tantas distincio- nes le hizo objeto.

Trabajaba Humboldt qor entonces en su Asia Central, y en el Examen crítico de la historia de la geografía del Nuevo Continente.

En 1841 acompañó Federico Guillermo IV á Londres, con ocasión del bautismo del príncipe de Galles.

Poco tiempo después, en 1842, con motivo de la muerte desgraciada del duque de Orleans, volvió á París, y terminó su obra el Asia Cen- tral, que se publicó en 1843.

No por esta incansable actividad, dejaba Humboldt de pensar en su Cosmos, resumen en donde se propuso encerrar la historia de la ciencia, y á pesar de sus setenta y cinco años de edad se ocupaba sin levantar mano de realizar su intento.

En 1844 dio a la imprenta la primera parte del Cosmos, y apenas publicada en alemán, fué á París, entendiéndose con Faye, astrónomo y miembro del Instituto, para que empezase cuanto antes la traducción francesa que apareció en 1846. Al principio créese que el autor tuvo el

APUNTES BIOGRÁFICOS. XXIII

propósito de no escribir sino dos tomos del Cos- mos; mas su afán de estender los conocimientos por él adquiridos, le arrastró á dar cuatro.

En 1847 salió la segunda parte de esta obra colosal, y la traducción francesa de este segundo tomo, poesía de la ciencia, fué encomendada por Humboldt mismo á Galuski, distinguido escritor que comprendió bien su pensamiento.

Respecto del tercer tomo, Humboldt, para satisfacer la impaciencia del público y aun la suya propia, lo dividió en dos partes, cuya tra- ducción francesa confió á Faye y Galuski.

Por consecuencia de la muerte de Arago, á quien tanto estimaba Humboldt, se paralizó al- gún tanto la publicación del cuarto tomo del Cosmos, pues el autor trabajó mucho en la de las obras de su difunto amigo, las cuales adi- cionó y notó, precediéndolas de un prólogo im- portantísimo.

Por fin, en 1857 apareció la cuarta parte del Cosmos, y en 1859 su traducción francesa.

Las fuerzas de este ilustre anciano comenza- ron á decaer en 1858. Por entonces, sin embar- go, era su constante preocupación la de dar un quinto tomo del Cosmos, y una nueva edición en 8.° de todas aquellas de sus obras que pudie- ran alcanzar éxito al reproducirlas. Esta edi- ción debia contener el Viaje á las regiones equi- nocciales; las Vistas de las cordilleras y mo- numentos de Méjico; la Historia de la geografía del Nuevo Continente; el Asia Central; los Cua-

XXTY APUNTES BIOGRÁFICOS.

dros de la naturaleza', el Ensayo sobré la geo- grafía de las plantas-, \w$> Misceláneas de geolo- gía y de física general, y el Cosmos; en una palabra, las obras mas importantes y las que ejercieron tan justa y merecida influencia en la cultura y adelantos de la ciencia.

Este genio profundo y hombre universal, murió el 0 de mayo de 1859, á los noventa años de edad. Su fama y su nombre serán imperece- deros.

INTRODUCCIÓN.

CONSIDERACIONES SOBRE LOS DIFERENTES GRADOS DE GOCE QUE OFRECEN EL ASPECTO DE LA NATU- RALEZA Y EL ESTUDIO DE SUS LEYES.

Dos temores distintos esperimento al procu- rar desenvolver, tras una larga ausencia de mi patria, el conjunto de los fenómenos físicos del globo y la acción simultánea de las fuerzas que animan los espacios celestes. De una parte, la materia que trato es tan vasta y tan variada, que temo abordar el asunto de una manera enciclo- pédica y superficial; de otra, es deber mió no can- sar la imaginación con aforismos que únicamen- te ofrecerían generalidades bajo formas áridas y dogmáticas. La aridez nace frecuentemente de la concisión, mientras que el intento de abrazar á la vez escesiva multiplicidad de objetos produce falta de claridad y de precisión en el encadena- miento de las ideas. La naturaleza es el reino de la libertad, y para pintar vivamente las concep-

2 COSMOS.

ciones y los goces que su contemplación profunda espontáneamente engendra, sería preciso dar al pensamiento una espresion también libre y noble en armonía con la grandeza y majestad de la creación.

Si se considera el estudio de los fenómenos físicos, no en sus relaciones con las necesidades materiales de la vida, sino en su influencia ge- neral sobre los progresos intelectuales de la hu- manidad, es el mas elevado é importante resul- tado de esta investigación, el conocimiento de la conexión que existe entre las fuerzas de la natu- raleza, y el sentimiento íntimo de su mutua de- pendencia. La intuición de estas relaciones es la que engrandece los puntos de vista, y ennoblece nuestros goces. Este ensanche de horizontes es obra de la observación, de la meditación y de el espíritu del tiempo en el cual se concentran las direcciones todas del pensamiento. La historia revela á todo el que sabe remontarse á través de las capas de los siglos anteriores, hasta las rai- ces profundas de nuestros conocimientos, cómo desde miles de años, el género humano ha traba- jado por conocer en las mutaciones incesante- mente renovadas, la invariabilidad de las leyes naturales, y en conquistar progresivamente una gran parte del mundo físico por la fuerza de la inteligencia. Interrogar los anales de la historia es seguir esta senda misteriosa sobre la cual la imájen del Cosmos, revelada primitivamente al sentido interior como un vago presentimiento de

HUMBOLDT. 3

la armonía y del orden en el Universo, se ofrece hoy al espíritu como el fruto de largas y serias observaciones.

A las dos épocas de la contemplación del mun- do esterior, al primer destello de la reflexión y á la época de una civilización avanzada, corres- ponden dos géneros de goces. El uno, propio de la sencillez primitiva de las antiguas edades, nace de la adivinación del orden anunciado por la pacífica sucesión de los cuerpos celestes y el desarrollo progresivo de la organización; el otro, resulta dei exacto conocimiento de los fenómenos. Desde el momento en que el hombre, al interro- gar la naturaleza, no se limita á la observación, sino que vida á fenómenos bajo determinadas condiciones; desde que recoge y registra los he- lios para estender la investigación más a llá de la corta duración de su existencia, la Filosofía de la Naturaleza se despoja de las formas vagas y poéticas que desde su origen la han perteneci- do; adopta un carácter más severo; compulsa el valor de las observaciones, no adivina ya; com- bina y razona. Entonces las afirmaciones dog- máticas de los siglos anteriores, se conservan solo en las creencias del pueblo y de las clases que se aproximan á él por su falta de ilustra- ción; y se perpetúan sobre todo en algunas doc- trinas que se cubren bajo místico velo, para ocul- tar su debilidad. Las lenguas recargadas de es- presiones figuradas, llevan largo tiempo los ras- gos de estas primeras intuiciones. Un pequeño

4 COSMOS.

número de símbolos, producto de una feliz inspi- ración de los tiempos primitivos, toma poco á poco formas menos vagas, y, mejor interpreta- dos, se conservan hasta en el lenguaje científico.

La naturaleza, considerada por medio de la razón, es decir, sometida en su conjunto al tra- bajo del pensamiento, es la unidad en la diversi- dad de los fenómenos, la armonía entre las cosas creadas, que difieren por su forma, por su propia constitución, por las fuerzas que las animan; es el Todo animado por un soplo de vida. El resul- tado mas importante de un estudio racional de la naturaleza es recoger la unidad y la armonía en esta inmensa acumulación de cosas y de fuer- zas; abrazar con el mismo ardor, lo que es conse- cuencia de los descubrimientos de los siglos pa- sados con lo que se debe á las investigaciones de los tiempos en que vivimos, y analizar el detalle de los fenómenos sin sucumbir bajo su masa. Pe- netrando en los misterios de la naturaleza, des- cubriendo sus secretos, y dominando por el tra- bajo del pensamiento los materiales recogidos por medio de la observación, es como el hombre puede mejor mostrarse más digno de su alto destino.

Si reflexionamos desde luego acerca de los di- ferentes grados de goce á que vida la contem- plación de la naturaleza, encontramos que en el primer lugar debe colocarse una impresión ente- ramente independiente del conocimiento íntimo de los fenómenos físicos; independiente también

HUMBOLDT. 5

del carácter individual del paisaje, y de la fisono- mía de la re gion que nos rodea. Donde quiera que en una llanura monótona, sin más límites que el horizonte, plantas de una misma especie, brezos, cistos ó gramíneas, cubren el suelo, en los sitios en que las olas del mar bañan la ribera y hacen reconocer sus pasos por verdosas estrias de ovas y alga flotante, el sentimiento de la naturaleza, grande y libre, arroba nuestra alma y nos revela como por una misteriosa inspiración que las fuer- zas del Universo están sometidas á leyes. El sim- ple contacto del hombre con la naturaleza, esta influencia del gran ambiente, ó del aire libre, co- mo dicen otras lenguas con mas bella espresion, egercen un poder tranquilo, endulzan el dolor y calman las pasiones, cuando el alma se siente ín- timamente agitada. Estos beneficios los recibe el hombre por todas partes, cualquiera que sea la zona que habite; cualquiera que sea el grado de cultura intelectual á que se haya elevado. Cuan- to de grave y de solemne se encuentra en las im- presiones que señalamos, débenlo al presenti- miento del orden y de las leyes, que nace espon- táneamente al simple contacto de la naturaleza; así como al contraste que ofrecen los estrechos límites de nuestro ser con la imájen de lo infinito revelada por doquiera, en la estrellada bóveda del cielo, en el llano que se estiende más allá de nuestra vista, en el brumoso horizonte del Océano.

Otro goce es el producido por el carácter in-

6 COSMOS.

dividual del paisaje, la configuración de la super- ficie del globo en una región determinada. Las impresiones de este género son más vivas, mejor definidas, más conformes á ciertas situaciones del alma. Ya es la inmensidad de las masas, la lucha de los elementos desencadenados ó la tri3te desnudez de las estepas, como en el norte del Asia, lo que escita nuestra emoción; ya, bajo la inspiración de sentimientos mas dulces, caúsala el aspecto de los campos cubiertos de ricos fru- tos, la habitación del hombre al borde del tor- rente ó la salvaje fecundidad del suelo vencido por el arado. Insistimos menos aquí sobre los grados de fuerza que distinguen estas emociones, que sobre la diferencia de sensaciones que escita el carácter del paisaje, y á las cuales este mismo carácter su encanto y su duración.

Si me fuese permitido abandonarme á los re- cuerdos de lejanas correrías, éntrelos goces que presentan las escenas de la naturaleza, señalaría, la calma y magestad de esas noches tropicales, en que las estrellas privadas, de centelleo, arro- jan una dulce luz planetaria sobre la superficie blandamente agitada del Océano; recordaría esos profundos valles de las Cordilleras, donde los es- beltos troncos de las palmeras agitan sus cabe- zas empenachadas, atraviesan las bóvedas vege- tales, y forman en largas columnatas, «un bos- que sobre el bosque;» (1) describiría el vértice del pico de Tenerife en el momento en que una capa horizontal de nubes, deslumbrante de blancura,

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separa el cono de cenizas de la llanura inferior, y súbitamente, por efecto de una corriente as- cendente, deja que desde el borde mismo del crá- ter, pueda la vista dominar las viñas del Orota- va, los jardines de naranjas y los grupos espesos de los plátanos del litoral. No es ciertamente, lo repito, el dulce encanto uniformemente esparci- do en la naturaleza, lo que nos conmueve ya en estas escenas; es la fisonomía del suelo, su pro- pia configuración, la mezcla de las nubes, de las islas vecinas y del horizonte del mar, que con- funden sus formas indecisas en los vapores de la mañana. Todo cuanto nuestros sentidos perci- ben vagamente, todo cuanto los parajes román- ticos presentan de más horrible, puede llegar á ser para el hombre manantial de goces; su ima- ginación encuentra en todo medios de ejercer li- bremente un poder creador. En la vaguedad de las sensaciones, cambian las impresiones con los movimientos del alma, y por una ilusión tan dul- ce como fácil creemos recibir del mundo exterior lo que nosotros mismos sin saberlo hemos depo- sitado en él.

Cuando alejarlos de la patria, desembarcamos por primera vez en tierra de los trópicos, des- pués de una larga navegación, nos sorprende agradablemente reconocer en las rocas que nos rodean las mismas eschistas inclinadas, iguales basaltos en columnas cubiertos de amigdaloydes celulares, que los que acabábamos de dejar sobre el suelo europeo, y cuya identidad en zonas tan

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diferentes, nos demuestran que la corteza de la tierra al solidificarse, ha quedado independiente de la inlluencia de los climas. Pero estas masas de rocas schistosas y basálticas se encuentran cubiertas de vegetales de una fisonomía que nos sorprende, y de un aspecto desconocido. Allí es donde, rodeados de formas colosales, y de la raa- gestad de una flora exótica, esperimentamos, cómo por la maravillosa flexibilidad de nuestra naturaleza, se abre el alma fácilmente á impre- siones que tienen entre un lazo misterioso y secreta analogía. Tan íntimamente unido nos figuramos cuanto tiene relación con la vida or- gánica, que si á primera vista se ocurre que una vegetación semejaate á la de nuestro país natal debería encantarnos, como encanta nuestro oido el idioma de la patria dulcemente familiar, poco á poco, sin embargo, nos sentimos naturalizados en los nuevos clim.is. Ciudadano del mundo, el hom- bre, en todo lugar, acaba por familiarizarse con cuant'; le rodea. Únicamente el colono aplica á algunas plantas de esas nuevas regiones, nom- bres que importa de la madre patria, como un recuerdo cuya pérdida sentiría. Por las misterio- sas relaciones que existen entre los diferentes tipos de la organización, las formas vegetales exóticas se presentan á su pensamiento embelle- cidas por la imagen de las que rodearon su cuna. Así es que la afinidad de sensaciones conduce al mismo objeto á que nos lleva más tarde la labo- riosa comparación de los hechos, á la íntima per-

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suacion de que un solo é indestructible nudo en- cadena la naturaleza entera.

La tentativa de descomponer en sus diversos elementas la magia del mundo físico, llena está de temeridad; porque el gran carácter de un pai- saje, y de toda escena imponente de la naturale- za, depende de la simultaneidad de ideas y de sentimientos que agitan al observador. El poder déla naturaleza se revela, por decirlo así, en la conexión de impresiones, en la unidad de emocio- nes y de efectos que se producen en cierto modo de una sola vez. Si se quieren indicar sus fuen- tes parciales, es preciso descender por medio del análisis á la individualidad de las formas y á la diversidad de las fuerzas. Los mas ricos y varia- dos elementos de este género de análisis se ofre- cen á la vista de los viajeros en el paisaje del Asia austral, en el gran archipiélago de la Irdia, y sobre todo en el Nuevo Continente, donde los vértices de las altas Cordilleras forman los ba- jíos del Océano aéreo, y donde las mismas fuer- zas subterráneas que en otros tiempos levanta- ron cadenas de montañas, las conmueven aun hoy* y amenazan sepultarlas.

Los Cuadros de la naturaleza, trazados con un pensamiento reflexivo, no se han Lecho con el único objeto de agradar á la imaginación; pueden también, cuando se los relaciona entre sí, ^producir las impresiones en virtud de las cuales, se pasa gradualmente desde el litoral uniforme ó las desnudas estepas de la Siberia»

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hasta la inagotable fecundidad de la zona tórri- da. Si colocamos imaginariamente el Monte Pi- lato sobre el Schreckhorn (2), ó la Schneekoppe sobre el Mont-Blanc, no habremos llegado á com- poner uno de los grandes colosos de los Andes, el Chimborazo, que tiene doble altura que el Etna; y únicamente superponiendo el Righi ó el monte Athos al Chimborazo, puede formarse idea del más alto vértice del Himalaya, del Dhawalagiri. Aunque las montañas de la India, por su asom- brosa elevación, escedan con mucho (un gran nú- mero de exactas medidas han dado al fin este re- sultado) á las Cordilleras de la América meridio- nal, no pueden sin embargo, ofrecer la misma variedad de fenómenos, á causa de su posición geográfica. La impresión de los grandes aspectos de la naturaleza no depende únicamente de la altura. La cadena del Himalaya está colocada muy acá de la zona tórrida, y apenas si se en- cuentra una palmera en los lindos valles de Ku- maoun y de Garhwal. (3) Entre los 28° y 3 i de latitud, sobre la pendiente meridional del anti- guo Paropaniso, la naturaleza no desplega ya aquella abundancia de heléchos y de gramíneas arborescentes, de helicónias y de orquídeas, que, en la región tropical, suben hasta las mas ele- vadas mesetas. En la falda del Himalaya, á la sombra del pino deodvara y de encinas de largas hojas que caracterizan A los alpes de la India, la roca granítica y la micaschista se cubren de for- mas casi semejantes á las que vegetan en Euro-

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pa y en el Asia boreal. Las especies no son idén- ticas, pero sf análogas de aspecto y de fisonomía: son enebros, abedules alpinos, gencianas, la par- nasia de pantanos, y las grosellas espinosas. (4) Falta también á la cadena del Himalaya el fenó- meno imponente de los volcanes, que en los An- des y en el Archipiélago Indio, revelan muy á menudo y de una manera formidable á los indí- genas, la existencia de las fuerzas que residen en el interior de nuestro planeta. También la re- gión de las nieves perpetuas, en la pen líente me- ridional del Himalaya, allí donde suben las cor- rientes de aire húmedo y con esas corrientes la vigorosa vegetación del Indostan, empieza ya á los 3,600 y 3,900 metros de altura sobre el nivel del Océano, fijando por consiguiente al desarrollo de la organización un límite que en la región equinoccial de las Cordilleras se encuentra á 850 metros mas arriba. (5)

Los países próximos al Ecuador tienen otra ventaja sobre la cual no se ha llamado la aten- ción hasta aquí suficientemente. Esta es la parte de la superficie de nuestro planeta en que la na- turaleza dá vida á la mayor variedad de impre- siones, en la menor estension. En las colosales montañas de Cundinamarca, de Quito y el Perú, surcadas por valles profundos, es dable al hom- bre contemplar á la vez todas las familias de las plantas y todos los astros del firmamento. Allí, de un golpe de vista se abarcan magestuosas pal- meras, bosques húmedos de bambúes, la familia

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de las rausáceas, y sobre estas formas del mundo tropical, encinas, nísperos, rosales silvestres, y umbelíferas como en nuestra patria europea. De una sola mirada se abraza la constelación de la Cruz del Sud, las Nubes de Magallanes y las es- trellas conductoras de la Osa que giran al rede- dor del polo Ártico. Allí, el seno de la tierra y los dos hemisferios del cielo ostentan toda la ri- queza de sus formas y la variedad de sus fenó- menos; allí, los climas, como las zonas vegeta- les cuya sucesión determinan, se encuentran su- perpuestos por pisos, y las leyes de decrecimien- to del calor, fáciles de recoger por el observador inteligente, están escritas en caracteres indele- bles sobre los muros de las rocas en la pendiente rápida de las Cordilleras.

Para no cansar al lector ccn el detalle de los fenómpnos que he tratado mucho tiempo de representar gráficamente (6), no reproducirá aquí más que alguno de los resultados generales cuyo conjunto compone el cuadro físico de la zona tórrida- Lo que en la vaguedad de las sensacio- nes se confunde, por falta de contornos bien de- terminados, lo que queda envuelto por ese va- por brumoso que en el paisaje, oculta ñ la vista las altas cunas, el pensamiento lo desarrolla y resuelve en sus diversos elementos, desentrañan- do las causas de los fenómenos, asignando á cada uno de dichos elementos, que concurren á for- mar la imprtsion total, un carácter individual. De aquí resulta que en la esfera de la ciencia

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como en la de la poesía y la pintura de paisaje, la descripción de los parajes y los cuadros que hablan á la imagi ración tienen tanta mayor ver- dad y vida, cuanto mas determinados están sus rasgos característicos.

Si las regiones de la zona tórrida, por su ri- queza orgánica y su abundante fecundidad hacen brotar las más profundas emociones, ofrecen tam- bién la inapreciable ventaja de enseñar al hom- bre en la uniformidad de las variaciones de la atmósfera y del desarrollo de las fuerzas vitales, en los contrastes de los climas y de vegetación que nacen de la diferencia de alturas, la invaria- bilidad de las leyes que rigen los movimientos celestes, reflejada, por decirlo así, en los fenó- menos terrestres. Séame permitido detenerme algunos instantes en las pruebas de esta regula- ridad, que puede hasta sujetarse á escalas y á evaluaciones numéricas.

En los llanos ardientes que se elevan poco sobre el nivel délos mares, reina la. familia de los bananeros, cycas, y palmeras, cuyas espe- cies, incluidas en las floras de las regiones tro- picales, se han multiplicado maravillosamente en nuestros dias por el celo de los viajeros bo- tánicos. A estos grupos siguen, sobre la pen- diente de las Cordilleras, en lo alto de los valles ó en grietas húmedas y sombrías, los heléchos arbóreos y el quino que produce la corteza anti- febril. Los gruesos troncos cilindricos de los he- lechos proyectan sobre el azul turquí del cielo

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e) lozano verdor de un follaje delicadamente dentado. En el quino la corteza es tanto iras saludable cuanto mas frecuentemente está ba- ñada y refrescada la cima del árbol, por las li- jeras nieblas que forman la capa superior de las nubes materialmente descansando sobre aque- llas llanuras. En el límite donde acaba la región de los bosques, florecen en largas bandas, plan- tas que viven por grupos, como la menuda ara- lia, los thibaude3 y la andrómeda de hojas de mirto. La rosa alpina de los Andes, la magní- fica befaría, forma un cinturon purpurino al rededor de los salientes picos. Poco á puco en la región fria de los Páramos, espuesta á la perpetua tormenta de los huracanes y de los vientos, desaparecen los arbustos ramosos y las vellosas yerbas, constantemente cargadas de grandes corolas de variados matices. Las plan- tas monocotiledones de delgada espiga, cubren uniformemente el suelo; tal es la zona de las gramíneas. La sábana que se estiende sobre inmensas mesetas, refleja en la pendiente de las Cordilleras una luz amarillenta, casi dorada en lontananza, y sirve de pasto á los llamas y al ganado introducido por los colonos europeos. Donde quiera que la roca desnuda de traquito toca al césped y se eleva en capas de aire que creemos las menos cargadas de ácido carbónico, las únicas plantas de una organización inferior, liqúenes, lecídeas y el polvo coloreado de la le- praria, se desarrollan en manchas orbiculares.

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Islotes de nieve esporádica recientemente caida, variables de forma y de estension, detienen los últimos y débiles desenvolvimientos de la vida vegetal. A estos islotes esporádicos siguen las nieves perpetuas, cuya altura es constante y fácil de determinar, á causa de la muy pequeña oscilación que sufre su límite inferior. Las fuerzas elásticas que residen en el interior de nuestro globo trabajan, frecuentemente en va- no, para quebrar esas campanas ó cúpulas re- dondeadas, que resplandecientes con la blancura de las nieves perpetuas, dominan la espalda de las Cordilleras. Allí donde las fuerzas subterrá- neas han logrado, sea por cráteres circulares, sea por largas grietas, abrir comunicaciones permanentes con la atmósfera, producen con gran frecuencia, escorias inflamadas, vapores de agua y de azufre hidratado, miasmas de ácido carbónico, y rara vez corrientes de lava. Un espectáculo tan grandioso y tan impo- nente, no ha podido inspirar á los habitantes de los trópicos, en el primer estado de una na- ciente civilización, mas que un vago sentimiento de asombro y de espanto. Debió suponerse qui- zás, y lo hemos dicho mas arriba, que la vuelta periódica de los mismos fenómenos, y el modo uniforme según el cual se agrupan por zonas superpuestas, habrían facilitado al hombre el conocimiento de las leyes de la naturaleza; pero por lejos que se remonten la tradición y la his- toria, no encontramos que estas ventajas hayan

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sido provechosas en aquellos dichosos climas. Investig aciones recientes hacen dudar de que la base primitiva de la civilización de 1 a [ndios, una de las fases mas maravillosas del progreso dfi la humanidad, haya tenido su asiento entre los mismos trópicos. Ayriana Vaedjo, la antigua cuna del Zend, estaba situada al Nord-Oeste de los Altos -Indos; y después del gran cisma reli- gioso, es decir, después de la separación de los Iranios de la institución brahmánica,la lengua, en otro tiempo común á los Iranios y á los In- dos, tomó entre estos últimos, en la Magadha ó Madhya Déza (7), comarca limitada por la gran Cordillera del Himalaya y la pequeña cadena Vindhya,una forma individual, al propio tiempo que la literatura, las costumbres y el estado de la sociedad. Bastante después, la lengua y la civilización sánscritas adelantaron hacia el Sud- Este y penetraron mucho mas en la zona tórri- da, como ha espuesto mi hermano Guillermo de Humboldt (8) en su gran obra sobre la lengua Kawi y las que con ella tienen algunas relacio- nes de estructura.

A pesar de todas las trabas que, bajo latitu- des boreales, oponian al descubrimiento de las leyes de la naturaleza, la escesiva complicación de los fenómenos, y las perpetuas variaciones locales en los movimientos de la atmósfera y en la distribución de las formas orgánicas, preci- samente á un pequeño número de pueblos ha- bitantes de la zona templada, es á quienes se ha

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revelado primero un conoci miento íntimo y ra- cional de las fuerzas que obran en el mundo físico. De la zona boreal, mas favorable aparen- temente al progreso de la razón, á la dulzura de las costumbres y á las libertades públicas, es de donde los gérmenes de la civilización han sido importados á la zona tropical, tanto por esos grandes movimientos de razas que se llaman emigraciones de los pueblos, cuanto por el es- tablecimiento de colonias, igualmente saluda- bles para los paises que van á poblar y para aquellos de donde parten, cualquiera que sean las diferencias qua presenten por otro lado sus instituciones en los tiempos fenicios ó helénicos, y en nuestros tiempos modernos.

Al indicar la facilidad mas ó menos grande que ha podido dar la sucesión de los fenómenos para reconocer la causa que los produce, he ha- blado de este punto importante donde, en el con- tacto con el mundo esterior, al lado del encanto que esparce la simple contemplación de la na- turaleza, se coloca el goce que nace del conoci- miento de las leyes y del encadenamiento mutuo de aquellos fenómenos. Lo que durante largo tiempo no ha sido sino objeto de una vaga ins- piración, ha llegado poco á poco á la evidencia de una verdad positiva. El hombre se ha esfor- zado para encontrar, como ha dicho en nuestra lengua un poeta inm^ortal «el polo inmóvil en la eterna fluctuación de las cosas creadas,» (9)

Para llegar á la fuente de este goce que nace

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del trabajo del pensamiento, basta echar una rápida mirada sobre los primeros bosquejos de la filosofía de la naturaleza ó de la antigua doc- trina del Cosmos. Encontramos entre los pue- blos mas salvajes (y mis propias escursiones han confirmado esta aserción) un sentimiento confuso y temeroso de la poderosa unidad de las fuerzas de la naturaleza, de una esencia invi- sible, espiritual, que se manifiesta en ellas ya desarrollen la flor y el fruto en el árbol produc- tivo, ya quebranten el suelo del bosque ó ya truenen en las nubes. Así se revela un lazo en- tre el mundo visible y un mundo superior que se escapa á los sentidos. Uno y otro se confun- den involuntariamente, sin que por ello deje de desarrollarse en el seno del hombre, el germen de una filosofía de la Naturaleza, aunque como el simple producto de una concepción ideal, y sin el auxilio de la observación.

Entre los pueblos mas atrasados en civiliza- ción, la imaginación se goza en creaciones es- trañas y fantásticas. La predilección por el sim- bolo influye simultáneamente, en las ideas y en las lenguas. En vez de examinar, se adivina, se dogmatiza, se interpreta lo que nunca ha sido observado. El mundo de las ideas y de los sen- timientos no refleja en su pureza primitiva el mundo esterior. Lo que en algunas regiones de la tierra no se ha manifestado como rudimento de la filosofía natural, sino entre un pequeño número de individuos dotados de una alta inte-

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ligencia, se presenta en otras regiones, entre familias enteras de pueblos, como el resultado de tendencias místicas y de intuiciones instinti- vas. En el comercio íntimo con la naturaleza, en la vivacidad y profundidad de las emociones á que da vida, es donde se encuentran también los primeros impulsos hacia el culto, hacia una santificación de fuerzas destructoras ó conser- vadoras del Universo. Pero á medida que el hom- bre, recorriendo los diferentes grades de su des- arrollo intelectual, llega á gozar libremente del poder regulador de la reflexión, á separar por un acto de emancipación progresiva, el mun- do de las ideas y el de las sensaciones, no puede contentarse con presentir vagamente la unidad de las fuerzas de la naturaleza. El ejercicio del pensamiento empieza á cumplir su alta misión; la observación, fecundada por el razonamiento llega con ardor á las causas de los fenómenos. La historia de las ciencias enseña que no ha sido fácil satisfacer á las necesidades de una curiosidad tan ardiente. Observaciones peco exactas é incompletas han originado por falsas inducciones, ese gran número de cálculos físicos que se han perpetuado entre las preocupaciones populares de todas las clases de la sociedad. Así es como al lado de un conocimiento sólido y científico de los fenómenos se ha conservado un sistema de fenómenos mal observados, tanto mas difícil de destruir, cuanto que no se tiene en cuenta ninguno de los hechos que le contra-

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rían. Este empirismo, triste herencia de siglos anteriores, mantienen invariablemente sus axio- mas. Es arrogante como todo lo que es limitado; en tanto que la física fundada en la ciencia, duda porque trata de profundizar, separa lo que es cierto de lo que es simplemente probable, y perfecciona sin cesar las teorías estendiendo el círculo de sus observaciones.

Ese conjunto de dogmas incompletos que un siglo lega al otro, esa física que se compone de preocupaciones populares, no es solamente per- judicial porque perpetúa el error, con la obsti- nación que lleva siempre el testimonio de los hechos imperfectamente observados; sino que también prohibe al espíritu elevarse á los gran- des horizontes de la naturaleza. En vez de bus- car el estado medio, alrededor del cual oscilan, en la aparente independencia de las fuerzas, to dos los fenómenos del mundo esterior, desea la ocasión de multiplicar las escepciones de la ley; investiga en los fenómenos y en las formas or- gánicas, otras maravillas que las de una suce- sión regular ó, de un desarrollo interno y pro- gresivo; se inclina á creer incesantemente in- terrumpido el orden de la naturaleza, á desco- nocer en el presente la analogía con el pasado, á perseguir, en medio del azar de sus sueños, la causa de pretendidas perturbaciones, tanto en el interior de nuestro globo, como en los espa- cios celestes.

El objeto particular de esta obra es el de

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combatir los errores que toman su origen en un vicioso empirismo y en imperfectas inducciones. Los mas nobles goces que puede procurar el es- tudio de la naturaleza, dependen de la exactitud y de la profundidad de sus concepciones, de la estension del horizonte que se abarca de una vez. Con el cultivo de la inteligencia se ha acre- centado en todas las clases de la sociedad, la ne- cesidad de embellecer la vida aumentando la masa de ideas y los medios de generalizarlas. Este sentimiento es la refutación de las censu- ras que se han dirigido al siglo en que vivimos, y prueba que los espíritus no se han ocupado únicamente de los intereses materiales de la existencia.

Toco no sin pesar á un temor que parece nacer de una mira limitada, ó de cierto senti- mentalismo dulce y blando del alma: hablo del temor de que la naturaleza no pierda nada de su encanto, prestigio y poder mágico, á medida que empecemos á penetrar en sus secretos, á comprender el mecanismo de sus movimientos celestes, y á evaluar numéricamente la intensi- dad de las fuerzas. Es cierto que estas no ejer- cen, propiamente hablando, un poder mágico sobre nosotros, sino cuando su acción envuelta en misterios y tinieblas, se halla colocada fuera de todas las condiciones que ha podido reunir la esperiencia. El efecto de un poder tal, es por consiguiente, el de conmover la imaginación; y ciertamente que no es esta la facultad del alma

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que evocaríamos preferentemente, para dirigir las laboriosas y minuciosas observaciones cuyo objeto es el conocimiento de las mas prandes y admirables leyes del Universo. El astrónomo que per medio de un heliómetro ó de un prisma de doble refracción (10) determina el diámetro de los cuerpos planetarios; que mide con paciencia durante años enteros la altura meridiana, y las relaciones de distancia de las estrellas; que busca un cometa telescópico en un grupo de pequeñas nebulosas, no siente la imaginación (y esta es la garantía misma de la precisión de su trabajo) mas conmovida, que el botánico que cuenta las divisiones del cáliz, el número de los estambres, los dientes ya libres, ya unidos, del anillo que rodea la cápsula de musgo. Sin em- bargo, las medidas multiplicadas de ángulos por una parte, y de otra las relaciones del detalle de la organización, preparan el camino á importan- tes cálculos sobre la física general.

Es preciso distinguir entre las disposiciones del alma del observador, en tanto que observa, y el engrandecimiento ulterior de miras, que es el fruto de la investigación y del trabajo del pensamiento. Cuando los- físicos miden con ad- mirable sagacidad las ondas luminosas de des- igual longitud que se refuerzan ó se destruyen por interferencia^ aun en sus acciones quími- cas; cuando el astrónomo armado de poderosos telescopios penetra en los espacios celestes, contempla las lunas de Urano en los últimos lí-

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mites de nuestro sistema solar, y descompone débiles puntos brillantes en estrellas dobles des- igualmente coloreadas; cuando los botánicos ven reproducirse la constancia del movimiento giratorio del chara en la mayor parte de las cel- das vegetales, y reconocen el íntimo enlace de las formas orgánicas por géneros y por fami- lias naturales, la bóveda celeste sembrada de nebulosas y de estrellas, el rico manto de vege- tales que cubre el suelo en el clima de las pal- meras, no pueden dejar de inspirar á esos ob- servadores laboriosos una impresión mas impo- nente y mas digna de la magestad de la creación que á aquellos otros cuya alma no está acos- tumbrada á recojer las grandes relaciones que ligan á los fenómenos entre sí. No puedo por consiguiente estar de acuerdo con Burke, cuan- do, en una de sus ingeniosas obras pretende «que nuestra ignorancia respecto de las cosas de la naturaleza es la causa principal de la admira- ción que nos inspiran, y fuente de que nace el sentimiento de lo sublime.»

En tanto que la ilusión de los sentidos fija los astros en la bóveda del cielo, la astronomía con sus atrevidos trabajos engrandece indefini- damente el espacio. Si circunscribe la gran ne- bulosa á la cual pertenece nuestro sistema so- lar, es únicamente para enseñarnos mas allá, hacia regiones que huyen á medida que las po- tencias ópticas aumentan, otras islas de nebu- losas esporádicas. El sentimiento de lo sublime,

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cuando nace de la contemplación de la distancia que nos separa de los astros, de su magnitud, y en general de la estension física, se refleja en el sentimiento de lo infinito, que pertenece á otra esfera de ideas, al mundo intelectual. Cuanto el primero ofrece de solemne y de imponente, lo debe á la relación que acabamos de señalar, á esa analogía de goces y de emociones que senti- mos, ya en medio de los mares, ya en el Océano aéreo, cuando capas vaporosas y semidiáfanas nos envuelven sobre el vértice de un pico aisla- do, ya en fin delante de uno de esos poderosos instrumentos que disuelven en estrellas lejanas nebulosas.

Aquel trabajo que consiste en acumular ob- servaciones de detalle, sin relación entre sí, ha podido inducir, es cierto, á ese error profunda- mente inveterado, de que el estudio de las cien- cias exactas debe necesariamente enfriar el sen- timiento y disminuir los nobles placeres de la contemplación de la naturaleza. Los que, en los tiempos en que vivimos, en medio del adelanto de todad las ramas de nuestros conocimientos y de la misma razón pública, alimentan todavía semejante error, ni aprecian bastante cada pro- greso de la inteligencia, ni lo que puede el arte encubrir el detalle de los hechos aislados, para elevarse á resultados generales. Al temor de sa- crificar el libre goce de la naturaleza, bajo la influencia del razonamiento científico, se añade por lo común el de que no sea dable á todas las

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inteligencias el conocer el conjunto de la física del mundo. Cierto que en medio de esta fluctua- ción universal de fuerzas y de vida, en esta red intrincada de organismos que se desarrollan y destruyen sucesivamente, cada paso que se hacia el conocimiento más íntimo de la natura- leza, conduce á la entrada de nuevos laberintos; pero esta intuición vaga de tantos misterios por descubrir, estimulando en nosotros el ejercicio del pensamiento, nos causa, en todos los grados del saber, un asombro mezclado de alegría. El descubrimiento de cada ley de la naturaleza lleva á otra ley mas general, ó hace presentir su exis- tencia, al observador inteligente. La naturaleza, como la ha definido un célebre fisiólogo (11) y como la palabra misma indica entre los Griegos y los Romanos, es «lo que crece y se desarrolla perpetuamente, lo que solo vive por un cambio continuo de forma y de movimiento interior.» La serie de los tipos orgánicos se estiende ó se completa para nosotros á medida que, por medio de viajes de tierra ó mar, penetramos en regiones desconocidas y comparamos los or- ganismos vivientes con aquellos que han des- aparecido con las grandes revoluciones de nues- tro planeta; á medida que los microscopios se perfeccionan y aprendemos á servirnos de ellos con mas discernimiento. En el seno de esta in- mensa variedad de producciones animales y ve- getales, en el juego de sus trasformaciones pe- riódicas, se renueva sin cesar el misterio pri-

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mordial de todo desarrollo orgánico, aquel pro- blema de la metamorfosis que Goethe ha tratado con una sagacidad superior, y que nace de la necesidad que esperimentamos de reducir las formas vitales á un pequeño número de funda- mentales tipos. En medio de las riquezas de la naturaleza y de esta acumulación creciente de las observaciones, se penetra el hombre de la convicción íntima de que en la superficie y en las entrañas de la tierra, en las profundidades del mar y las de los cielos, aun después de miles de años, «el espacio no faltará á los conquista- dores científicos.» Este pesar de Alejandro (12) no podria aplicarse á los progresos de la obser- vación y de la inteligencia.

Las consideraciones generales, bien sea que tengan relación con la materia aglomerada en cuerpos celestes ó con la distribución geográfica de los organismos terrestres, no solo son más atractivas por mismas, que los estudios espe- ciales, sino que ofrecen también grandes venta- jas á los que no pueden emplear mucho tiempo en este género de ocupaciones. Las diferentes ramas de la Historia natural ni son accesibles mas que á ciertas posiciones de la vida social, ni presentan el mismo encanto en toda estación ni bajo todo clima. En las zonas inhospitalarias del Norte estamos privados durante largo tiempo del espectáculo que ofrecen á nuestras miradas las fuerzas productivas de la naturaleza orgá- nica; y si nuestro interés está limitado á una

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clase de objetos, los más animados cuentos de los viajeros que han recorrido los paises lejanos, no tendrán atractivo alguno para nosotros, á me- nos que se refieran á los mismos objetos de nues- tra predilección.

De igual manera que la historia de los pue- blos (si pudiese elevarse siempre con éxito á las verdaderas causas de los acontecimientos) llegaria á resolver el eterno enigma de las osci- laciones que esperimenta el movimiento sucesi- vamente progresivo ó retrógrado de la sociedad humana; asi también, la descripción física del mundo, la ciencia del Cosmos, si estuviese con- cebida por una alta inteligencia, y fundada so- bre el conocimiento de todo lo que se ha descu- bierto hasta una época dada, haria desaparecer una parte de las contradicciones que parece ofre- cer á primera vista la complicación de los fenó^ menos, y que descansan en una multitud de per- turbaciones simultáneas. El conocimiento de las leyes, ya se revelen en los movimientos del Oc- céano, en la marcha calculada de los cometas, ó en las atracciones mutuas de las estrellas múl- tiples, aumenta el sentimiento tranquilo de la naturaleza, cual si «la discordia de los elemen- tos,* constante fantasma del espíritu humano en sus primeras intuiciones, se debilitara á me- dida que las ciencias estienden su imperio. Las miras generales nos acostumbran á considerar cada organismo, como una parte de la creación entera, á reconocer en la planta y en el animal,

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no la especie aislada, sino una forma unida en la cadena de los seres, á otras formas vivientes ó muertas: ayudándonos á conocer las relacio- nes que existen entre los descubrimientos más recientes y los que los han preparado. Retirados á un punto del espacio, recogemos con mayor avidez lo que se ha observado bajo diferentes climas. Complácenos seguir á los audaces nave- gantes hasta en medio de los hielos polares, has- ta el pico del volcan del polo antartico cuyos fuegos son visibles durante el dia á grandes distancias. Llegamos aun á comprender al- gunas de las maravillas del magnetismo terres- tre, y los resultados que pueden esperarse hoy de las numerosas estaciones diseminadas en los dos hemisferios, para espiar la simultaneidad de las perturbaciones, la frecuencia y la duración de las tempestades magnéticas.

Séame permitido adelantar por el campo de los descubrimientos cuyas consecuencias no pue- den ser apreciadas sino por aquellos que se han dedicado á los estudios de la física general. Ejem- plos_escogidos entre los fenómenos que han fija- do especialmente la atención en estos últimos tiempos, esparcirán nueva luz sobre las cdnside^ raciones precedentes. Sin un conocimiento pre- liminar de la órbita de los cometas, no se com- prendería cual es la importancia que tiene el descubrimiento del cometa de Encke, cuya ór- bita elíptica está incluida en los estrechos lí- mites de nuestro sistema planetario, y que ha

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revelado la existencia de un fluido etéreo, que tiende á disminuir la fuerza centrífruga y la duración de las revoluciones. En una época en que tantas gentes, curiosas de un relativo sa- ber, se complacen en mezclar á las conversacio- nes del dia vaguedades científicas, los temores que antiguamente reinaban respecto del choque de los cuerpos celestes, ó de un pretendido tras- torno de los climas, se renuevan bajo formas di- ferentes: sueños de la imaginación, tanto más engañosos, cuanto que tienen su origen en pre- tensiones dogmáticas. La historia de la atmósfe- ra y de las variaciones anuales que esperimenta su temperatura, tiene ya bastante antigüedad para habernos manifestado la reproducción de pequeñas oscilaciones alrededor del calor medio de cierto lugar, y para prevenirnos por consi- guiente contra el temor exagerado de la dete- rioración general y progresiva de los climas de Europa. El cometa de Encke, uno de los tres co- metas interiores, acaba sa carrera en mil dos- cientos dias; y por la forma y la posición de su órbita, no es más peligroso para la tierra que el gran cometa de Halley, de setenta y seis años, menos bello en 1835 que en 1759, ni que el co- meta interior de Biela, el cual, si bien es cierto que corta la órbita de la tierra, no puede acer- carse mucho á nosotros sin embargo, mas que cuando su proximidad al sol coincide con el sols- ticicio de invierno.

La cantidad de calórico que recibe un plañe-

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ta, y cuya desigual distribución determina las variaciones met.erológicas de la atmósfera, de- pende á la vez de la fuerza fotogénica del sol, es decir, del estado de sus envueltas gaseosas, y de la posición relativa del planeta y del cuerpo cen- tral. Según las leyes de la gravitación univer- sal, la forma de la órbita terrestre ó la inclina- unn de la eclíptica, es decir, el ángulo que for- ma el eje de la tierra con el plano de su órbita, esperimenta variaciones periódicas; pero tan lentas, y encerradas en tan estrechos límites, que sus efectos térmicos no llegarian á ser apre- ciados por nuestros instrumentos actuales, sino después de miles de años. Las causas astronómi- cas á que pueden referirse el enfriamiento de nuestro globo, la disminución de la humedad en su superficie, la naturaleza y frecuencia de cier- tas epidemias, (fenómenos frecuentemente discu- tidos en nuestros dias siguiendo las preocupa- ciones de la Edad media) deben mirarse como cosas fuera del alcance de los procedimientos actuales de la física y de la química.

La astronomía física nos ofrece otros fenó- menos que no podrían conocerse tampoco en toda su magnitud, sin e?tar preparados á ello por no- ciones generales acerca de las fuerzas que ani- man al Universo. Tales son, el inmenso número de estrellas, ó más bien, de soles dobles, que gi- rando alrededor de un centro común de grave- dad, nos revelan la existencia de la atracción newtoniana en los más apartados mundos; la

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abundancia ó la rareza de las manchas del sol, es decir, de esas aberturas que se forman en las atmósferas luminosa y opaca de que su núcleo sólido está envuelto, las caidas irregulares de las estrellas errantes en el 13 de noviembre y dia de San Lorenzo, anillo de asteroides que cortan probablemente la órbita de la tierra, y se mue- ven con velocidad planetaria.

Si desde las regiones celestes descendemos á la tierra, deseamos concebir las relaciones que existen entre las oscilaciones del péndulo en un espacio lleno de aire, oscilaciones cuya teoría ha sido perfeccionada por Bessel, y la densidad de nuestro planeta; y preguntamos cómo el pén- dulo, haciendo las funciones de una sonda, nos ilumina hasta cierto punto acerca de la consti- tución geológica de capas situadas á grandes profundidades. Obsérvase una asombrosa analo- gía entre la formación de las rocas granuladas que componen corrientes de lava en la pendiente de los volcanes activos, y esas masas endógenas de granito, de pórfiro y de serpentina, que na- cidas del seno de la tierra, quebrantan, como rocas de erupción, los bancos secundarios modi- ficándolos por contacto y haciéndolos más duros por medio de la sílice que en ellos se introduce, ya reduciéndolos al estado de dolomía, ya en fin, produciendo cristales de muy vanada composi- ción. El levantamiento de islotes esporádicos, cúpulas de traquito y conos de basalto, por las fuerzas elásticas que emanan del interior fluida

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del globo, han llevado al primer geólogo de nues- tro siglo, M. Leopoldo de Buen, á la teoría del levantamiento de los continente? y cadenas de montañas. Esta acción de las fuerzas subterrá- neas, la ruptura y la elevación de los bancos de roca sedimentarias, de lo cual ha ofrecido un ejemplo reciente el litoral de Chile á consecuen- cia de un gran temblor de tierra, dejan entre- ver la posibilidad de que las conchas pelágicas halladas por M. Bonpland y por sobre la fal- da de los Andes, á más de 4.600 metros de eleva- ción, hallan podido ser llevadas á esta altura, no por la intumescencia del Océano, sino por agentes volcánicos capaces de arrollar la costra reblandecida de la tierra.

Llamo vulcantsmo, en el sentido más gene- ral de la palabra, á toda acción que el interior de un planeta ejerce sobre su corteza esterior. La superficie de nuestro globo, y la de la luna manifiestan las huellas de esta acción, que por lo menos en nuestro planeta, ha variado en la sucesión de los siglos. Los que ignoran que el calor interior de la tierra aumenta rápidamente con la profundidad, y queá ocho ó nueve leguas de distancia (13) está en fusión el granito, no pueden formarse idea exacta de las causas y déla simultaneidad de erupciones volcánicas muyale- jadas unas de las otras, de la estension y del cru- zamiento de los círculos de conmoción que ofre- cen los temblores de tierra, de la constancia de temperatura y de la igualdad de composición

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química observadas en las aguas termales du- rante una larga serie de años. Tal es, sin em- bargo, la importancia de la cantidad de calórico propia de cada planeta, como resultado de su condensación primitiva, que el estudio de esta cantidad de calórico, arroja á la vez alguna luz sobre la historia de la atmósfera y acerca de la distribución de los cuerpos organizados escondi- dos en la corteza sólida de la tierra. De esta ma- nera llegamos á concebir, cómo ha podido reinar antes sobre toda la tierra una temperatura tro- pical, independiente de la latitud y producida por las profundas grietas, largo tiempo abiertas después del replegamiento y hundimiento de la corteza apenas consolidada, de donde se exhalaba al calor interior. Este estudio nos enseña un antiguo estado de cosas, en el cual, la tempera- tura de la atmósfera, y los climas en general, se debían más al desprendimiento de calórico y de diferentes emanaciones gaseosas, es decir, á la enérgica reacción del interior hacia el esterior, que á la relación de la posición de la tierra fren- te á frente del cuerpo central, el sol.

Las regiones frias guardan depositadas en capas sedimentarias los productos de los trópi- cos: en el terreno hullero están encerrados tron- cos de palmeras que quedaron en pié, y mezcla- dos á coniferas, heléchos arborescentes, goniati- tes, y peces de escamas romboidales huesosas; (14) en el calcáreo de Jura, enormes esqueletos de cocodrilos y de plesiosauros, planulitas y

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troncos de cycádeas; en el gredoso, pequeños polythálaraos y briozoarios, cuyas mismas espe- cies viven aun en el seno de los mares actuales; en el trípoleo, ó esquisto sin pulir, el semi-ópalo y el ópalo harinoso, inmensas aglomeraciones de infusorios silíceos que Klirenberha reveiado con su microscopio vivificador; por último, en los terrenos de transportes y ciertas cavernas, hue- sos de elefantes, de hienas y de leones. Familia- rizados como lo estamos hoy, con las grandes miras de la física del globo, estas producciones de los climas cálidos, por encontrarse en el es- tado fósil en las regiones septentrionales, no escitan ya en nosotros una curiosidad estéril, sino que llegan á ser los más dignos objetos de meditaciones y combinaciones nuevas.

La multitud y la variedad de los problemas que acabo de indicar, dan origen á la cuestión de saber si consideraciones generales pueden tener un grado suficiente de claridad, allá don- de falta el estudio detallado y especial de la his- toria natural descriptiva, de la geología y de la astronomía matemática, Pienso que es necesario distinguir desde luego entre aquel que debe re- coger las observaciones esparcidas y profundi- zarlas para esponer su enlace, y aquel á quien debe ser trasmitido este encadenamiento bajo la forma de resultados generales. El primero se impone la obligación de conocer la especialidad de los fenómenos; es preciso que antes de llegar á la generalización de las ideas, haya recorrido,

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en parte al menos, el dominio de las ciencias; que haya observado, esperimentado y medido por mismo. No negaré que allá donde faltan los conocimientos positivos, los resultados genera- les que, en sus relaciones continuadas, dan tan- to encanto á la contemplación de la naturaleza, no pueden ser todos desarrollados con el mismo grado de luz; pero me inclino á creer, sin embar- go, que en la obra que preparo sobre la física del mundo, la parte más considerable de las ver- dades se presentará con toda evidencia, sin que sea necesario remontarse siempre á los princi- pios y á las nociones fundamentales. Este cua- dro de la naturaleza, aunque en muchas de sus partes presente contornos poco marcados, no será menos á propósito para fecundar la inteligencia, engrandecer la esfera de las ideas, y alimentar y vivificar la imaginación.

Quizás no sin fundamento se ha criticado á muchas obras científicas de Alemania, el haber disminuido por la acumulación de los detalles, la impresión y el valor de los resultados genera- les; el no haber separado suficientemente estos grandes resultados que forman, por decirlo asi, los puntos culminantes de las ciencias, de la lar- ga enumeración de los medios que han servido para obtenerlos. Esta censura ha hecho decir humorísticamente al más ilustre de nuestros poetas (15): «Los alemanes tienen el don de ha- cer inaccesibles las ciencias.» El edificio con- cluido, no puede producir el efecto que de él se

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espera, en tanto que esté obstruido por el anda- mio que ha sido preciso levantar para construir- lo. Así pues, la uniformidad de figura que se ob- serva en la distribución de las masas continen- tales, que terminan todas hacia el Sur en forma de pirámide, y se ensanchan hacia el Norte (ley que determina la naturaleza de los climas, la di- rección de sus corrientes en el Océano y en la atmósfera, el paso de ciertos tipos de vegetación tropical á la zona templada austral) puede com- prenderse con claridad, sin que se conozcan las operaciones geodésicas y astronómicas por las cuales han sido determinadas esas formas pira- midales de los continentes. De la misma manera, la geografía física nos enseña en cuantas leguas es mayor el eje ecuatorial del globo que el eje polar; la igualdad media del aplanamiento de los dos hemisferios, sin que sea necesario espo- ner como se ha llegado á reconocer por la me- dición de los grados del meridiano ó por obser- vaciones del péndulo, que la verdadera figura de la tierra no es exactamente la de un elipsoide de revolución regular, y que esta figura se refleja en las desigualdades de los movimientos luna- res. Los grandes horizontes de la geografía com- parada no han empezado á tomar solidez y brillo á la par, hasta la aparición de la admirable obra titulada Estudios de la tierra en sus relaciones con la naturaleza y con la historia del hombre, en la cual Carlos Ritter ha caracterizado con tanta fuerza la fisonomía de nuestro globo, y en-

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señado la influencia de su configuración este- rior, tanto en los fenómenos físicos que tienen lugar en su superficie, cuanto en las emigracio- nes de los pueblos, sus leyes, sus costumbres y todos los principales fenómenos históricos de los cuales es teatro.

Francia posee una obra inmortal, La Fspo- sicion del sistema del mundo, en la cual ha reu- nido el autor los resultados de los trabajos ma- temáticos y astronómicos más sublimes, despo- jándolos del aparato da las demostraciones. La estructura Je los cielos queda reducida en este libro á la solución sencilla de un problema de mecánica. Sin embargo, La Esposicion del siste- ma del mundo de Laplace, no ha sido tachada hasta aquí de incompleta ni de falta de profundi- dad. Distinguir los materiales desemejantes, los trabajos que no tienden al mismo fin, separar las nociones generales de las observaciones aisladas, es el único medio de dar unidad á la física del mundo, de esclarecer los objetos, y de imprimir un carácter de grandeza al estudio de la natu- raleza. Suprimiendo los detalles que distraen la atención solo se consideran las grandes masas y se conoce por el pensamiento lo que pasa desa- percibido á la debilidad de nuestros sentidos.

Es preciso añadir á estas consideraciones la de que la espesicion de los resultados está singu- larmente favorecida en nuestros dias, por la fe- liz revolución que han esperimentado desde fines del siglo último, los estudios especiales y sobre

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todos la geología, la química y la historia natu- ral descriptiva A medida que se generalizan las leyes, y que las ciencias se fecundan mutuamen- te, que estendiéndose, se unen enfre por lazos más numerosos y más íntimos, el desenvolvimien- to de las verdades generales puede ser conciso sin llegar á ser superficial. En el principio de la ci- vilización humana, todos los fenómenos apare- cen aislados, la multiplicidad de las observacio- nes y la reflexión los aproximan, y hacen conocer su mutua dependencia. Si acontece, sin embargo, que en un siglo caracterizado como el nuestro por los más brillantes progresos, se nota en al- gunas ciencias falta de enlace de los fenómenos entre sí, deben esperarse descubrimientos tanto más importantes, cuanto que esas mismas cien- cias se han cultivado con una sagacidad de ob- servaciones y una predilección particulares. Así sucede hoy con la meteorología, varias partes de la óptica, y, desde los bellos trabajos de Melloni y de Faraday, con el estudio del calórico radian- te y del electro-magnetismo. Queda por recoger en esto una rica cosecha, aunque la pila de Volta nos enseñe ya una relación íntima entre los fenó- menos eléctricos, magnéticos y químicos. ¿Quién se atreverá á afirmar hoy, que conocemos con pre- cisión la parte de atmósfera que no es oxígeno? ¿quién que las miles de sustancias gaseosas que obran sobre nuestros órganos no están mezcla- das de ázoe, ó que se haya descubierto el número total de las fuerzas que existen en el Universo?

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No se trata en este ensayo de la física del mundo, de reducir el conjunto de los fenómenos sensibles á un pequeño número de principios abs- tractos, sin más base que la razón pura. La físi- ca del mundo que yo intento esponer, no tiene la pretensión de elevarse á las peligrosas abstrac- ciones de una ciencia meramente racional de la naturaleza; es una geografía física reunida á la descripción de los espacios celestes y de los cuer- pos que llenan esos espacios. Estraño á las pro- fundidades de la filosofía puramente especulati- va, mi ensayo sobre el Cosmos es la contempla- ción del Universo, fundada en un empirismo ra- zonado; es decir, sobre el conjunto de hechos registrados por la ciencia y sometidos á las ope- raciones del entendimiento que compara y com- bina. Ünicamente en estos límites la obra que he emprendidoj entra en la esfera de los trabajos á los que he consagrado la larga carrera de mi vida científica. No me aventuro á penetrar en una esfera donde no sabría moverme con liber- tad, aunque otros puedan á su vez ensayarlo con éxito. La unidad que yo trato de fijar en el desar- rollo de los grandes fenómenos del Universo, es la que ofrecen las composiciones históricas. To- do cuanto se relacione con individualidades ac- cidentales, con la esencia variable de la realidad, trátese de la forma de los seres y de la agru- pación de los cuerpos, ó de la lucha del hom- bre contra los elementos, y de los pueblos con- tra los pueblos, no puede ser deducido de solo

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las ideas, es decir, racionalmente construido Creo quf la descripción del Universo y la his- toria civil se hallan colocadas en el mismo gra- do de empirismo; pero sometiento los fenómenos físicos y los acontecimientos al trabajo pensador, y remontándose por el razonamiento á sus cau- sas, se confirma más y más la antigua creencia de que las fuerzas inherentes á la materia, y las que rigen el mundo moral, ejercen su acción bajo el imperio de una necesidad primordial, y según movimientos que se renuevan periódicamente ó á desiguales intervalos. Esta necesidad de las cosas, este encadenamiento oculto, pero perma- nente, esta renovación periódica en el desenvol- vimiento progresivo de las formas, de los fenó- menos y de los acontecimientos, constituyen la naturaleza, que obedece á un primer impulso dado. La física, como su mismo nombre indica, se limita á esplicar los fenómenos del mundo ma- terial por las propiedades de la materia. El últi- mo objeto de las ciencias esperimentales es pues, elevarse á la existencia de las leyes, y generali- zarlas progresivamente. Todo lo que va mas allá, no es del dominio de la física del mundo, y per- tenece á un género de especulaciones más eleva- das. Manuel Kant, uno lie los pocos filósofos que no han sido acusados de impiedad hasta aquí, ha señalado los límites de las esplicaciones físi- cas, con una rara sagacidad, en su célebre En- sayo sobre la teoría y la construcción de los Cielos, publicado en Kcenigsberg, en 1755.

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El estudio de una ciencia que promete condu- cirnos á través de los vastos espacios de la crea- ción, semeja á un viaje á país lejano. Antes de emprenderle, se miden por lo común, con des- confianza, las propias fuerzas y las del guia que se ha escogido. El temor que reconoce por cau- sa la abundancia y la dificultad de las materias, disminuye, si se tiene presente, como hemos in- dicado mas arriba, que con la riqueza de las ob- servaciones ha aumentado también, en nuestros dias, el conocimiento cada vez más íntimo de la conexión de los fenómenos. Lo que en el círculo más estrecho de nuestro horizonte, ha parecido mucho tiempo inesplicable, ha sido generalmente adornado de una manera inopinada por investi- gaciones hechas bajo lejanas zonas. En el reino animal, como en el reino vegetal, formas orgá- nicas que han permanecido aisladas, han sido unidas por cadenas intermedias, formas ó tipos de transición. Especies, géneros, familias ente- ras, propias de un Continente, se presentan como reflejadas en formas análogas de animales y de plantas del continente opuesto, y así se completa la geografía de los seres. Son, por decirlo así, equivalentes que se suplen y se reemplazan en la gran serie de los organismos. La transición y el enlace se fundan sucesivamente, en una dismi- nución ó un desarrollo escesivo de ciertas partes, sobre soldaduras de órganos distintos, sobre la preponderancia que resulta de una falta de equi- librio en el balanceo de las fuerzas, sobre reía-

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ciones con formas intermedias, que lejos de ser permanentes, determinan solo ciertas fases de un desarrollo normal. Si de los cuerpos dotados de vida, pasamos al mundo inorgánico, encon- traremos en él ejemplos que caracterizan en alto grado los progresos de la geología moderna. Re- conoceremos, cómo después de las grandes miras de Elias de Beaumont, las cadenas de montañas que dividen los climas, las zonas vegetales y las. razas de los pueblos, nos revelan su edad relati- va, ya sea por la naturaleza de los bancos sedi- mentarios que han levantado, ya por las direc- ciones que siguen por largas grietas, sobre las cuales se ha hecho el rugamiento de la superfi- cie del globo. Relaciones de yacimiento en las formaciones de traquito y de pórfiro sienítico, de diorita y de serpentina, que han permanecido dudosas en los terrenos auríferos de la Hungría, en el Oural, rico en platino, y en la pendiente sub-oeste del Altai siberiano, se encuentran de- finidos claramente por observaciones recogidas sobre las mesetas de Méjico y de Antioquía, y en los barrancos insalubres del Choco. Los materia- les que la física general ha puesto en obra en los tiempos modernos, no han sido acumulados á la casualidad. Se ha reconocido por fin, y esta con- vicción dá un carácter particular á las investi- gaciones de nuestra época, que las correríis le- janas, que no han servido durante largo tiempo más que para suministrar la materia de cuen- tos aventureros, no pueden ser instructivas sino

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en tanto que el viajero conozca el estado de la ciencia cuyo dominio deba estender, y en cuanto que sus ideas guien á sus investigaciones y le inicien en el estudio de la naturaleza.

Por esta tendencia hacia las concepciones ge- nerales, peligrosa solamente en sus abusos, una parte considerable de conocimientos físicos ya adquiridos, puede llegar á ser propiedad común de todas las clases de la sociedad; pero esta pro- piedad no tiene valor sino en tanto que la ins- trucción estendida, contraste, por la importan- cia de los objetos que trata y por la dignidad de sus formas, con las recopilaciones poco sus - tancialesque hasta el fin del siglo XVIII, se han conocido con el impropio nombre de saber popu- lar. Quiero persuadirme, de que las ciencias es- puestas en un lenguaje que se eleva á su altura, grave y animado á la vez, deben ofrecer, á los que, encerrados en el círculo estrecho de los de- beres de la vida, se avergüenzan de haber sido largo tiempo estraños al comercio íntimo de la naturaleza, y de haber pasado indiferentes de- lante de ella, una de las más vivas alegrías que pueden esperimentarse, la de enriquecer el en- tendimiento con nuevas concepciones. Este co- mercio, por las emociones á que lugar, des- pierta, por decirlo así, en nosotros órganos que hablan dormido largo tiempo. Así llegamos á co- nocer de un golpe de vista estenso, lo que en los descubrimientos físicos engrandece la esfera de la inteligencia, y contribuye, por felices aplica-

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ciones á las artes mecánicas y químicas, á desar- rollar la riqueza nacional.

Un conocimiento más exacto del enlace de los fenómenos nos libra también de un error, muy esparcido aun; cual es el de que bajo el respecto del progreso de las sociedades humanas y de su prosperidad industrial, todas las ramas del co- nocimiento de la naturaleza no tienen el mismo valor intrínseco. Establécense arbitrariamente grados de importancia entre las ciencias mate- máticas, el estudio de los cuerpos organizados, el conocimiento del electro-magnetismo y la in- vestigación de las propiedades generales de ia materia en sus diferentes estados de agregación molecular. Despreciase locamente lo que se de- signa bajo el nombre de investigaciones pura- mente teóricas. Olvídase, y esta indicación es sin embargo bien antigua, que la observación de un fenómeno enteramente aislado en apa- riencia, encierra frecuentemente el germen de un gran descubrimiento. Cuando Aloysio Gal- vani escitó por vez primera la fibra nerviosa por el contacto occidental de dos metales hete- rogéneos, sus contemporáneos estaban bien lejos de esperar que la acción de la pila de Volta nos haría ver, en los álcalis, metales de brillo de plata, nadando sobre el agua y eminentemente inflamables, que la misma pila llegaría á ser un instrumento poderoso de análisis química, un termóscopo y un imán. Cuando Huygens obser- vó por primera vez en 1678, un fenómeno de po-

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larizacion, ó sea la diferencia que existe entre los dos rayos en que se divide un haz de luz, al atravesar un cristal de doble refracción, no se previa que, siglo y medio después, el gran des- cubrimiento de la polarización cromática, de M. Arago, llevaría á este astrónomo-fisico á re- solver, por medio de un pequeño fragmento de espato de Islandia, las importantes cuestiones de saber si la luz emana de un cuerpo sólido ó de una envuelta gaseosa, y si la que los cometas nos envían es propia ó reflejada. (16)

Una estimación igual hacia todas las ramas de las ciencias matemáticas, físicas y naturales, es necesidad de una época en que la riqueza ma- terial áa, las naciones y su prosperidad creciente, están principalmente fundadas en un empleo más ingenioso y más racional de las producciones y de las fuerzas de la naturaleza. Basta arrojar una rápida mirada sobre el estado actual de la Europa para reconocer que, en medio de esta lu- cha desigual de los pueblos que rivalizan en la carrera de las artes industriales, el aislamiento y una lentitud perezosa, tienen indudablemente por efecto la disminución ó el total aniquilamien- to de la riqueza nacional. Sucede en la vida de los pueblos, como en la naturaleza, en la cual, según feliz espresion de Goethe (17), «el desarro- llo y el movimiento no conocen punto de parada, lanzando su maldición á todo lo que suspende la vida.» La propagación de graves estudios cientí - fieos contribuirá á alejar los peligros que aquí

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señalo. El hombre no tiene acción sobre la na- turaleza ni puede apropiarse ninguna de sus fuerzas, sino en tanto que aprenda á medirlas con precisión, á conocer las leyes del mundo fí- sico. El poder de las sociedades humanas, Bacon lo ha dicho, es la inteligencia; este poder i e ele- va y se hunde con ella. Pero el saber que resulta

libre trabajo del pensamiento no es única- mente uno de los goces del hombre, es también el anticuo é indestructible derecho de la huma- nidad; figura entre sus riquezas, y es frecuente- mente la compensación de los bienes que la na- turaleza h? repartido con parsimonia sobre la tierra. Los pueblos que no toman una parte bas- tante activa en el movimiento industrial, en la ^lección y preparación de las primeras materias, en las aplicaciones felices de la mecánica y de la química, en los que esta actividad no penetra todas las clases de la sociedad, deben infalible- mente caer de la prosperidad que hubieren ad- quirido. El empobrecimiento es tanto más rápi- do cuanto que Estados limítrofes rejuvenecen sus fuerzas por la dichosa influencia las cien- cias sobre las artes.

Del mismo modo que, en las elevadas esferas del pensamiento y del sentimiento, en la filosofía, la poesía y las bellas artes, es el primer fin de todo estudio un objeto interior, el de ensanchar y fecundizar la inteligencia, es también el tér- mino hacia el cual deben tender las ciencias di- rectamente, el descubrimiento de las leyes, del

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principio de unidad que se revela en la vida uni- versal de la naturaleza. Siguiendo la senda que acabamos de trazar, los estudios físicos no serán menos útiles á los progresos de la industria, que también es una noble conquista de la inteligen- cia del hombre sobre la materia. Por una feliz conexión de causas y de efectos, generalmente aun sin que el hombre lo haya previsto, lo ver- dadero, lo bello y lo bueno se encuentran unidos á lo útil. El mejoramiento délos cultivos entre- gados á manos libres y en las propiedades de una menor estension; el estado floreciente de las ar- tes mecánicas, libres de las trabas que les oponía el espíritu de corporación; el comercio engran- decido y vivificado por la multiplicidad de los medios de contacto entre los pueblos, tales son los resultados gloriosos de los progresos intelec- tuales y del perfecciona ciento de las institucio- nes políticas en las cuales este progreso se refle- ja. El cuadro de la historia moderna es, bajo este respecto, capaz de convencer á los más porfiados. No temamos tampoco que la dirección que ca- racteriza á nuestro siglo, que la predilección tan señalada por el estudio de la naturaleza y el pro- greso de la industria, tengan por efecto necesa- rio debilitar los nobles esfuerzos que se produ- cen en el dominio de la filosofía, de la historia, y del conocimiento de la antigüedad; que tien- dan á privar las producciones de las artes, en- canto de nuestra existencia, del soplo vivifica- dor de la imaginación. Por todas partes donde^

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bajo la égida de instituciones libres y de una sabia legislación, pueden desarrollarse franca- mente todos los gérmenes de la civilización, no es de temer que una rivalidad pacífica perjudi- que á ninguna de las creaciones del espíritu. Ca- da uno de estos desarrollos ofrece frutos precio- sos al Estado, los que dan alimento al hombre y fundan su riqueza física, y los que, más dura- deros, trasmiten la gloria de los pueblos á la posteridad más lejana. Los Espartacos, á pesar de su austeridad dórica, rogaban á los dioses «la concesión de las cosas bellas, con las bue- nas.» (18)

No desarrollaré más ampliamente estas con- sideraciones, tan frecuentemente espuestas, so- bre la influencia que ejercen las ciencias mate- máticas y físicas en todo lo que se relacione con las necesidades materiales de la sociedad. La car- rera que debo recorrer es demasiado estensa para que me permita insistir aquí sobre la uti- lidad de las aplicaciones. Acostumbrado á leja- nas correrías, quizás cometa el error de pintar la senda como más fácil y más agradable que lo es realmente; conocida costumbre de los que quieren guiar á los demás hasta los vértices de las altas montañas. Elogian la vista de que se disfruta, aun cuando quede oculta por las nubes una gran estension de llanuras; saben que un Telo vaporoso y semi-diáfano tiene un encanto misterioso, que la imagen de lo infinito une el mundo de los sentidos con el mundo de las ideas

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y de las emociones. Del mismo modo también, desde la altura que se eleva la física del mundo, no se presenta el horizonte igualmente claro y determinado en todas sus partes; pero lo que puede quedar vago y velado, no lo está única- mente por consecuencia del estado de imper- fección de algunas ciencias, sino más aun por falta del guia que ha pretendido imprudente- mente elevarse hasta esas alturas.

Por otra parte, la introducción del Cosmos no tenia por objeto hacer valer la importancia y grandeza de la física del mundo, que nadie po- ne en duda en nuestros dias. He querido única- mente probar que, sin perjudicar á la solidez de los estudios especiales, pueden generalizarse las ideas, concentrándolas en un foco común, ense- ñar las fuerzas y los organismos de la naturale- za, como movidos y animados por un mismo impulso. «La naturaleza, dice Schellin en su poético discurso sobre las artes, no es una masa inerte; es para aquel que sabe penetrarse de su sublime grandeza, la fuerza creadora del Uni- verso, agitándose sin cesar, primitiva, eterna, que engendra en su propio seno, todo lo que existe perece y renace sucesivamente.»

Ensanchando los límites de la física del glo- bo, reuniendo bajo un mismo punto de vista los fenómenos que presenta la tierra con los que abarcan los espacios celestes, llégase á la cien- cia del Cosmos, es decir, que se convierte la físi- ca del globo en una física del mundo. Una de

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estas denominaciones, está formada á imitación de la otra, pero la ciencia del Cosmos no es la agregación enciclopédica de los resultados más generales y más importantes que suministran los estudios especiales. Estos resultados no dan más que los materiales de un vasto edificio; su con- junto no podría constituir la física del mundo, ciencia que aspira á hacer conocer la acción si- multánea y el vasto encadenamiento de las fuer- zas que animan al Universo. La distribución de los tipos orgánicos según sus relaciones de la- titud, de altura, y de climas, en otros términos, la geografía de las plantas y de los animales, es diferente en todo de la botánica y de la zoolo- gía descriptivas, como lo es la geología de la mineralogía propiamente dicha. La física del mundo no puede por consiguiente confundirse con las Enciclopedias de las ciencias naturales publicadas hasta aquí, y cuyo título es tan va- go, cuanto mal trazados están sus límites. En la obra que nos ocupa, los hechos parciales no serán considerados mas que en sus relaciones con el todo. Cuanto más elevado es este punto de vista, tanto más reclama la esposkion de nuestra ciencia un método que le sea propio, un lenguaje animado y pintoresco.

En efecto, el pensamiento y el lenguaje están entre en una íntima y antigua alianza. Cuan- do por la originalidad de su estructura y su ri- queza nativa, la lengua llega á dar encanto y claridad á los cuadros de la naturaleza; y cuan-

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do por la flexibilidad de su organización se pres- ta a pintar los objetos del mundo esterior, es- tiende al mismo tiempo como un soplo de vida sobre el pensamiento. Por este mutuo reflejo, la palabra es más que un signo ó la forma df»l pen- samiento. Su bienhechora influencia se mani- fiesta sobre todo en presencia del suelo natal, por la acción espontánea del pueblo, de la cual es viva espresion. Orgulloso de una patria que busca la concentración de su fuerza en la uni- dad intelectual, quiero recordar, volviendo sobre mismo, las ventajas que ofrece al escritor el empleo del idioma que le es propio, el único que puede manejar con alguna desenvoltura, ¡Feliz él, si al esponer los grandes fenómenos del Uni- verso, le es dado penetrar en las profundidades de una lengua que, desde hace siglos, ha influi- do poderosamente en los destinos humanos, por el libre vuel« del pensamiento, asi como por las obras de la imaginación creadora!

LÍMITES Y MÉTODOS DE ESPOSICION DE LA DES- CRIPCIÓN FÍSICA DEL MUNDO.

En las precedentes consideraciones he trata- do de esponer y aclarar por medio de algunos ejemplos de qué modo los goces que ofrece el as- pecto de la naturaleza, tan diversos en sus orí- genes, se han acrecentado y ennoblecido por el conocimiento de la conexión de los fenómenos y de las leyes que los rigen. Réstame examinar

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el espíritu del método que debe presidir á la ex- posición de la descripción física del mundo', in- dicar los limites á que cuento circunscribir la ciencia, según las ideas que se me han presenta- do durante el curso de mis estudios y bajo los diferentes climas que he recorrido. ¡Séame lícito lisonjearme con la esperanza de que una discu- sión de este género justificará el título impru- dentemente dado á mi obra, poniéndome á cu- bierto de totfa censura sobre una presunción que seria doblemente reprensible en trabajos cien- tíficos! Antes de presentar el cuadro de los fe- nómenos parciales, y distribuirlos en grupos, trataré las cuestiones generales que, íntima- mente unidas entre sí, interesan á nuestros co- nocimientos acerca del mundo esterior, en mismos y en las relaciones que estos conoci- mientos muestran, en todas las épocas de la his- toria, con las diferentes fases de cultura inte- lectual de los pueblos. Estas cuestiones tienen por objeto:

1.° Los precisos limites de la descripción física del mundo, como ciencia distinta.

2.° La rápida enumeración de la totalidad de los fenómenos naturales, bajo la forma de un cuadro general de la naturaleza.

3." La influencia del mundo esterior sobre la imaginación y el sentimiento; influencia que ha dado en los tiempos modernos un poderoso impulso al estudio de las ciencias naturales, por la animada descripción de lejanas regiones, por

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la pintura de paisaje, siempre que caracterice la fisonomía de los vegetales, por las plantaciones ó la disposición de las formas vegetales exóticas en grupos que entre contrasten.

4.° La historia de la contemplación de la naturaleza, ó el desarrollo progresivo de la idea del Cosmos, según la exposición de los hechos históricos y geográficos que nos han llevado á descubrir el enlace de los fenómenos.

Cuanto más elevado es el punto de vista des- de el cual la física del mundo considera los fe- nómenos, es tanto más necesario circunscribir la ciencia á sus verdaderos límites, separándola de todos los conocimientos análogos ó auxilia- res. La descripción física del mundo se funda en la contemplación de la universalidad de las co- sas creadas; de cuanto coexiste en el espacio concerniente á sustancias y fuerzas; y de la si- multaneidad de los seres materiales que consti- tuyen el Universo. La ciencia que trato de defi- 'nir tiene, por consiguiente, para el hombre, ha- bitante de la tierra, dos partes distintas: la tierra propiamente dicha, y los espacios celestes. Con objeto de hacer ver el carácter propio é in- dependiente de la descripción física del mundo, y para indicar al mismo tiempo la naturaleza de sus reiaciones con la Física general, con la Historia natural descriptiva, la Geología y la Geografía comparada, voy á detenerme en pri- mer lugar y preferentemente en la parte de la ciencia del Cosmos que concierne á la tierra. Así

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como la historia de la filosofía no consiste en la enumeración, en cierto modo materias, de las opiniones filosóficas que son producto de las di- ferentes edades, de igual manera la descripción física del mundo no podría ser una simple aso- ciación enciclopédica de las ciencias que acaba- mos de nombrar. La confusión entre conoci- mientos íntimamente relacionados, es tanto ma- yor, cuanto que desde hace ya siglos nos hemos acostumbrado á designar grupos de nociones empíricas por denominaciones ora escesivamen- te latas, ora muy limitadas, con relación á las ideas que debían espresar. Estas denominacio- nes ofrecen además la gran desventaja de tener un diferente sentido en las lenguas de la anti- güedad clásica de las cuales fueron tomadas. Los nombres de fisiología, física, historia natural, geología y geografía, nacieron y comenzaron á usarse habitualmente mucho antes de que hu- biera ideas claras de la diversidad de los objetos que estas ciencias debían abrazar, es decir, an- tes de su recíproca limitación. Es tal la influen- cia de una larga costumbre en las lenguas, que en una de las naciones europeas más avanzadas en civilización, la palabra física se aplica á la medicina, en tanto que la química técnica, la geología y la astronomía, ciencias puramente esperimentales, se cuentan entre los traba- jos filosóficos de una Academia cuyo renombre es justamente universal.

Háse intentado con secuencia, y casi siempre

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en vano, sustituir á las denominaciones anti- guas, vagas indudablemente, pero en general comprendidas hoy, nuevos y más adecuados nombres. Estos cambios han sido propuestos so- bre todo por los que se han ocupado en la cla- sificación general de los conocimientos huma- nos, desde la gran Enciclopedia (Margarita phi- losóphica) de Gregorio Reisch (19), prior de la Cartuja de Friburgo, á fines del siglo XV, hasta el canciller Bacon, desde Bacon hasta D' Alem- bert, y en estos últimos tiempos, hasta el físico sagacísimo Andrés María Ampere (20). La elec- ción de una nomenclatura griega, poco apropia- da, ha podido ser quizás más perjudicial aun á esta última tentativa, que el abuso do las di- visiones binarias y la escesiva multiplicidad de los grupos.

La descripción del mundo, considerado como objeto de los sentidos esteriores, necesita indu- dablemente del concurso de la física general, y de la historia natural descriptiva; pero la con- templación de las cosas creadas, enlazadas entre y formando un todo animado por fuerzas inte- riores, dá á la ciencia que nos ocupa en esta obra un carácter particular. La física se detiene en las propiedades generales de los cuerpos; es el producto de la abstracción, la generalización de los fenómenos sensibles. Ya en la obra donde se consignaron las primeras bases de la física general, en los ocho libros físicos de Aristóteles (21), todos los fenómenos de la naturaleza se

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consideran como dependiendo de la acción pri- mitiva y vital de una fuerza única, principio de todo movimiento en el Universo. La parte ter- restre de la física del mundo, á la que conser- varla de buen grado la antigua y perfectamente espresiva denominación de Geografía física, trata de la distribución del magnetismo en nues- tro planeta, según las relaciones de intensidad y de dirección; pero no se ocupa de las leyes que ofrecen las atracciones ó repulsiones de los po - los, ni de los medios de producir corrientes electro-magnéticas, permanentes ó pasageras. La geografía física traza á más á grandes rasgos la configuración compacta ó articulada de los Continentes, la estension de su litoral compara- do con su superficie, la división de las masas continentales en los dos hemisferios, división que ejerce una influencia poderosa sobre la di- versidad de clima, y las modificaciones metereo- lógicas de la atmósfera; señala el carácter de las cadenas de montañas, que, levantadas en dife- rentes épocas, forman sistemas particulares, ya paralelos entre sí, ya divergentes y cruzados; examina la altura media de los Continentes so- bre el nivel de los mares y la posición del centro de gravedad de su volumen, la relación entre el punto culminante de una cadena de montañas y la altura media de su cresta ó su proximidad á un litoral cercano. Describe también las rocas de erupción como principios de movimiento, puesto que obran sobre las rocas sedimentarias

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que atraviesan, levantan é inclinan; contempla los volcanes ora se encuentren aislados, ó colo- cados en series ya sencilla, ya doble, ora estien- dan á diferentes distancias la esfera de su acti- vidad, bien sea por las rocas que en estribos lar- gos y estrecnos producen, bien removiendo el suelo por círculos que aumentan ó disminuyen de diámetro en la marcha de los siglos. La parte terrestre de la ciencia del Cosmos describe, por último, la lucha del elemento líquido con la tierra firme; espone cuanto tienen de común los gran- des rios en su curso superior ó inferior, y en su bifurcación, cuando su cauce aun no está ente- ramente cerrado; presenta las corrientes de agua quebrando las más elevadas cadenas de montañas, ó siguiendo durante largo tiempo un curso paralelo á ellas, ya en su pié, ya á gran- des distancias, cuando el levantamiento de las capas de un sistema de montañas y la dirección del rugamiento, son conformes á la que siguen los bancos mas ó menos inclinados de la llanura. Los resultados generales de la Orografía y de la Hidrografía comparadas, pertenecen únicamente á la ciencia, de la cual quiero determinar aquí los límites reales; pero la enumeración de las mayores alturas del globo, el cuadro de los vol- canes, todavía en actividad, la división del suelo en depósitos de agua y la multitud de rios que los surcan; todos estos detalles son del domiuio de la geografía propiamente dicha. No consile- ramos aquí los fenómenos sino en su mutua

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dependencia, en las relaciones que presentan con las diferentes zonas de nuestro planeta, y su constitución física en general. Las especiali- dades de la materia bruta ú organizada, clasifi- cadas según la analogía de formas y de compo- sición, son indudablemente un estudio del mayor interés; pero están unidas á una esfera de ideas completamente distintas de las que constituyen el objeto de esta obra.

Las descripciones de países diversos ofrecen materiales muy importantes para la composición de una geografía física; sin embargo, la reunión de estas descripciones, aun ordenadas en series, no nos daria una imagen verdadera de la con- formación general de la superficie poliédrica de nuestro planeta; como las floras de las diferen- tes regiones, colocadas las unas á continuación de las otras, tampoco formarían lo que designo bajo el nombre de Geografía de las plantas. Por la aplicación del pensamiento á las observacio- nes aisladas; por las miras del espíritu que com- para y combina, llegamos á descubrir en la indi- vidualidad de las formas orgánicas, es decir, en la historia natural descriptiva de las plantas y de los animales, los caracteres comunes que puede pre- sentar la distribución de los seres, según los cli- mas; la inducción es la que nos revela las leyes numéricas, según las cuales se regulan la pro- porción de las familias naturales con la suma total de las especies, y la latitud ó posición geo- gráfica de las zonas donde cada forna orgánica

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alcanza en las llanuras el máximun de su desar- rollo. Estas consideraciones asignan, merced á la generalización de sus miras, un carácter más e'evado á la descripción física del globo; y es efectivamente de esta repartición local de for- mas, del número y crecimiento más vigoroso de las que predominan en la masa total, de lo que dependen el aspecto del paisaje y la impresión que nos dejala fisonomía de la vegetación.

Los catálogos de los seres organizados, á que se daba otras veces el pomposo título de Siste- mas de la Naturaleza, nos ponen de manifiesto un admirable enlace de analogías de estructura, ya en el desarrollo muy completo de esos seres, ya en las diferentes fases que recorren según una evolución en espiral, de un lado las hojas, las brácteas, el cáliz, la corola y los órganos fecundantes; del otro, con mayor ó menor sime- tría, los tejidos celulares y fibrosos de los ani- males, sus partes articuladas ó débilmente bos- quejadas; pero todos estos pretendidos sistemas de la naturaleza, ingeniosos en sus clasificacio- nes, no nos hacen ver los seres distribuidos por grupos en el espacio, con respecto á las diferen- tes relaciones de latitud y altura á que están colocados sobre el nivel del Océano, y según las influencias climatológicas que esperimentan en virtud de causas generales, y las más de las ve- ces muy remotas. El objeto final de una geo- grafía física, es sin embargo, como lo hemos enunciado mas arriba, reconocer la unidad en

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la inmensa variedad de los fenómenos, descu- brir, por el libre ejercicio del pensamiento y combinando las observaciones, la constancia de los fenómenos, en medio de sus variaciones apa- rentes. Si en la esposicion de la parte terrestre del Cosmos, debe descenderse alguna vez á he- chos muy especiales, es solo para recordar la conexión que tienen las leyes de la distribución real de los seres en el espacio, con las leyes de la clasificación ideal por familias naturales, por analogía de organización interna y de evolución progresiva.

Resulta de estas discusiones sobre los límites de las ciencias, y en particular sobre la distin- ción necesaria entre la botánica descriptiva ó morfología vegetal, y la geografía de las plan- tas, que, en la física del globo, la innumerable multitud de cuerpos organizados que embellecen la creación, es considerada mas bien por zonas de habitación ó de estaciones, por bandas iso- térmicas de inflexiones diferentes, que por los principios de gradación en el desarrollo del or- ganismo interior. Sin embargo, la botánica y la zoología, que componen la historia natural des- criptiva de los cuerpos organizados, no dejan de ser manantiales fecundos que ofrecen materiales sin los cuales el estudio de las relaciones y del enlace de los fenómenos no tendría sólido funda- mento.

Una observación importante hay que añadir para demostrar claramente este enlace. A pri-

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mera vista, al abrazar de una ojeada la vege- tación de un Continente en vastos espacios, vénse las formas mas desemejantes, como las gramíneas y las orquídeas, los árboles coniferos y las encinas, próximas unas á otras; y se ven por el contrario las familias naturales y los gé- neros, que lejos de formar asociaciones locales, están dispersos como al azar. Esta dispersión no obstante, es aparente. La descripción física del globo nos muestra que el conjunto de la vege- tación presenta numéricamente en el desarrollo de sus formas y de sus tipos, relaciones cons- tantes; que bajo iguales climas, las especies que faltan á un pais están reemplazadas en el pró- ximo por especies de una misma familia; y que esta ley de sustituciones que parece consistir en los misterios mismos del organismo originario, mantiene en las regiones limítrofes la relación numérica de las especies de tal ó cual gran fa- milia, con la masa total de las fanerógamas que componen las dos floras. Asi es como se revela, en la multiplicidad de las organizaciones distin- tas que las pueblan, un principio de unidad, un plan primitivo de distribución. Puede también reconocerse bajo cada zona diversificada, según las familias de plantas que produce, una acción lenta pero continua sobre el Océano aéreo, ac- ción que depende de la influencia de la luz, pri- mera condición de toda vitalidad orgánica en la superficie sólida y líquida de nuestro planeta. Diríase, valiéndonos de una bella frase de Lavoí-

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sier, que se renueva sin cesar á nuestra vista la antigua maravilla del mito de Prometeo.

Si aplicamos el método que tratamos de se- guir en la esposicion de la descripción física de la tierra, á la parte sideral de la ciencia del Cosmos, es decir, á la descripción de los espacios celestes y á los cuerpos que los pueblan, habre- mos simplificado en mucho nuestro trabajo. Si se quiere, siguiendo una antigua costumbre á la cual nos obligaran un dia á renunciar miras más filosóficas, distinguir la física^ es decir, las con- sideraciones generales sobre la esencia de la materia y las fuerzas que le imprimen el movi- miento, de la química, que se ocupa de la hete- rogeneidad de las sustancias, de su composición elemental, y de atracciones que no están deter- minadas solo por las relaciones de las masas, preciso es convenir en que la descripción de la tierra presenta acciones /¿sicas y químicas á la vez. Al lado de la gravitación, que debe consi- derarse como la fuerza primitiva de la natura- leza, obran á nuestro alrededor, en el interior ó en la superficie de nuestro planeta, atraccio- nes de otro género. Son estas las que se ejercen entr« las moléculas en contacto, ó separadas á distancias infinitamente pequeñas (22); fuerzas de afinidad química que modificadas distinta- mente por la electricidad, el calórico, la con- densación en los cuerpos porosos, ó el contacto de una sustancia intermedia, animan igualmente el mundo inorgánico y los tejidos de los anima-

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les y de las plantas. Si esceptuamos los peque- ños asteroides que se nos aparecen bajo las for- mas de aerolito, bólides y estrellas errantes, los espacios celestes no ofrecen hasta ahora á nues- tra observación directa, más que fenómenos físi- cos; aun no podemos juzgar con certeza, sino de los efectos que dependen de la cantidad de ma- teria ó de la distribución de las masas. Los fenómenos de los espacios celestes deben, por consiguiente, considerarse como sometidos á Jas simples leyes dinámicas del movimiento. Los efectos que podrian nacer de ia diferencia espe- cífica, de la heterogeneidad de la materia no han sido hasta aquí objeto de cálculo para la mecá- nica de los cielos.

El habitante de la tierra no se pone en rela- ción con la materia que contienen los espacios celestes, ya esté diseminada, ó reunida en gran- des esferoides, sino por dos caminos; por los fe- nómenos de luz (propagación de las ondas lumi- nosas), ó por la influencia que ejerce la gravi- tación universal (atracción de las masas). La existencia de acciones periódicas del sol y de la luna sobre el magnetismo terrestre son hasta hoy muy dudosas. Ninguna esperiencia directa arroja luz sobre las propiedades ó cualidades específicas de las masas que circulan por los es- pacios celestes, y sobre las de las materias que quizá los llenan por completo, á no ser, como acabamos de enunciar, respecto de los aerolitos ó piedras meteóricas que se mezclan á las sus-

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tancias terrestres. Basta recordar aquí lo que puede deducirse de su dirección y de su enorme velocidad de proyección, velocidad esencialmente planetaria, á saber: que dichas masas, rodea- das de vapores, y al llagar al estado de incan- descensia, son pequeños cuerpos celestes atraí- dos por la acción de nuestro planeta fuera de su primitivo camino, tíl aspecto, tan familiar á. nuestra vista, de estos asteroides, la analogía que ofrecen con los minerales que componen la corteza de nuestro globo, tienen sin duda algo de sorprendente; pero la única consecuencia que puede deducirse en mi juicio, es que en general los planetas y las otras masas que bajo la in- fluencia de un cuerpo central se han aglomerado en anillos de vapores, y después en esferoides, son como partes integrantes de un mismo sis- tema y tienen un mismo origen, y pueden ofre- cer también una asociación de sustancias quí- micamente, idénticas. Hay más todavía: las es- periencias del péndulo, y particularmente las hechas con tan rara precisión por Bessel, con- firman el axioma newtoniano, de que los cuer- pos más heterogéneos en su composición (el agua, el oro, el cuarzo, la caliza granulada y diferentes masas de aerolitos) esperiraentan por la atracción de la tierra, una aceleración ente- ramente semejante. Unénse á las observaciones del péndulo pruebas obtenidas por observacio- nes puramente astronómicas. La casi identidad de la masa de Júpiter, deducida de la acción que

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ejerce este gran planeta sobre sus satélites, so- bre el cometa de Encke de corto período, y so- bre los pequeños planetas (Vesta, Juno, Ceres y Palas), igualmente la certeza de que, en los límites de nuestras actuales observaciones, la atracción está determinada por la sola cantidad de la materia (23).

La carencia de percepciones sobre la hetero- geneidad de la materia, que se obtiene de la ob- servación directa y consideraciones teóricas, á la mecánica de los cielos un alto grado de simplicidad. Sujeta la estension inconmensura- ble de los espacios celestes á la sola ciencia del movimiento, la parte sideral del Cosmos bebe en las fuentes puras y fecundas de la astronomia matemática, como la parte terrestre en las de la física, química y morfología orgánica; pero el dominio de estas tres últimas ciencias abraza fenómenos de tal modo complicados, y hasta el dia tan poco susceptibles de métodos rigorosos, que la física del globo no podría vanagloriarse aquí de la certeza, simplicidad en la esposicion de los hechos y de su mutuo encadenamiento, que es lo que caracteriza la parte celeste del Cosmos. La diferencia que señalamos en este momento, quizá sirva de esplicacion al por qué, en los primeros tiempos de la cultura intelec- tual de los Griegos, la filosofía de la naturaleza de los Pitagóricos se dirigió con más ardor ha- cia los astros y los espacios celestes, que hacia la tierra y sus producciones; y cómo, merced á

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Philolao, y después por los deseos análogos de Aristarco de Samos, y de Seleuco de Erytrea, ha llegado á ser más provechosa al conocimien- to del verdadero sistema del mundo, que haya podido serlo jamás para la física de la tierra, la filosofía de la naturaleza de la escuela jónica. Atendiendo poco á las propiedades y á las dife- rencias específicas de las materias que llenan los espacios, la gran escuela itálica en su gra- vedad dórica, miraba preferentemente cuanto se refiere á las medidas, á la configuración de los cuerpos, á las distancias de los planetas y á los números (24); en tanto que los físicos de Jo- nia se detenian en las cualidades de la materia, en sus transformaciones verdaderas ó supues- tas, y en sus relaciones de origen. Al poderoso genio de Aristóteles, tan profundamente espe- culativo y práctico á la vez, le estaba reservado el profundizar con igual éxito el mundo de las abstracciones y el mundo de las realidades mate- riales, que encierra fuentes inagotables de mo- vimiento y de vida.

Muchos y de los más notables tratados de geografía física, ofrecen en sus introducciones una parte esclusivamente astronómica desti- nada á describir ante todo en la tierra en su de- pendencia planetaria, y como formando parte del gran sistema que anima el cuerpo central del Sol. Esta marcha de ideas es diametralmente opuesta á la que yo rae propongo seguir. Para comprender bien la grandeza del mundo no debe

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subordinarse la parte sideral, llamada por Kant Historia natural del cielo, á la parte terrestre. En el Cosmos, según antigua espresion de Aris- tarco de Sanaos, que presentía el sistema de Co- pérnico, el Sol no es otra cosa, con sus satélites, sino una de las innumerables estrellas que lle- nan los espacios. La descripción de estos espa- cios, la física del mundo, ha de empezar por los cuerpos celestes, por el trazado gráfico del Uni- verso, mejor dicho, por un verdadero mapa del mundo, tal como la mano atrevida de William Herschell intentó trazarlo. Si á pesar de la pe- quenez de nuestro planeta, lo que le concierne exclusivamente ocupa en esta obra el lugar más importante, y se encuentra desarrollado con mayor precisión, depende esto únicamente de la desproporción de nuestros conocimientos entre lo que es asequible á la observación y lo que de ella escapa. Esta subordinación de la parte ce- leste á la terrestre, se encuentra ya en la gran obra de Bernardo Varenio (25), que apareció á mediados del siglo XVII. Fué el primero que dis- tinguió la geografía general y la geografía es- pecial, subdividiendo la primera en geografía absoluta, es decir, propiamente terrestre, y en geografía relativa ó planetaria, según que se mire á la superficie de la tierra en sus diferen- tes zonas, ó las relaciones de nuestro planeta con el sol y la luna. Es un justo título de gloria para Varenio, que su Geografía general y com- parada pudiera fijar, como fijó, en alto grado la

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atención de Newton. Según el imperfecto es- tado de las ciencias auxiliares de que debia va- lerse, el resultado no podia corresponder á la magnitud de la empresa. Estaba reservado á nuestro tiempo, y á mi patria, ver trazar á Car- los Ritter el cuadro de la geografía comparada en toda su estension, y en su íntima relación con la historia del hombre (26).

La enumeración de los más importantes re- sultados de las ciencias astronómicas y físicas, que, en el Cosmos, converjen hacia un foco co* mun, legitima hasta cierto punto el título que he dado á mi obra. Quizás sea el título mas te- merario que la empresa misma, circunscrita á los limites que la he fijado. La introducción de nombres nuevos, sobre todo cuando se trata de las miras generales de una ciencia que debe es- tar al alcance de todos, ha sido hasta ahora muy contraria á mis costumbres; nada he añadido á la nomenclatura, sino allí donde en las especia- lidades de la botánica y de la zoología descripti- vas, objetos reseñados por primera vez, han hecho indispensables nombres nuevos. Las de- nominaciones de Descripción física del mundo, ó Física del mundo, de que me valgo indistin- tamente, están formadas sobre las de Descrip- ción física de la tierra 6 física del globo, es decir, Oreografia física, desde largo tiempo te- nidas en uso. Uno de los genios más poderosos, Descartes, dejó algunos fragmentos de la gran obra que pensaba publicar bajo el título de

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Mundo, y para la cual se había dedicado á estu- dios especiales, incluso el de la anatomía del hombre. La espresion poco común, pero preci- sa, de Ciencia del Cosmos, recuerda al espíritu del habitante de la tierra, la idea de que se trata aquí de un horizonte más vasto, de la reu- nión de cuanto llena el espacio, desde las más lejanas nebulosas hasta los ligeros tejidos de materia vegetal, repartidos según los climas» que tamizan y coloran diversamente las rocas.

Bajo la influencia de las limitadas aspiracio- nes propias de la infancia de los pueblos, las ideas de tierra y de mundo han sido confundidas desde el principio en el uso de todos los idiomas. Las vulgares espresiones: Viajes alrededor del mundo, mapa-mundi, nuevo-mundo, son ejem- plos de esta confusión. Las más exactas y más nobles de Sistema del mundo, mundo planeta- rio, creación y edad del mundo, se refieren unas á la totalidad de las ma'terias que llenan los espacios celestes, otras, al origen del Universo entero.

Parece natural que en medio de la estre- mada variabilidad de los fenómenos que ofrecen la superficie del globo y el Océano aéreo que la envuelve, haya admirado al hombre el aspecto de la bóveda celeste, y los movimientos arregla- dos y uniformes del sol y de los planetas. Tam- bién la palabra Cosmos indicaba primitiva- mente, en los tiempos homéricos, las ideas de adorno y orden á la vez; pasó mas tarde al len-

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guaje científico, y se aplicú progresivamente á la armonía que se observa en los movimientos de los cuerpos celestes, al orden que reina en el Universo entero, al mundo mismo en el cual este orden se refleja. Según la aserción de Phi- lolao, cuyos fragmentos ha comentado M. Boeckh. con rara sagacidad, y según el testimonio ge- neral de toda la antigüedad, fué Pitágoras el primero que se sirvió de la palabra Cosmos para designar el orden que reina en el Universo, y el Universo ó el mundo mismo (27). De la es- cuela de la filosofía itálica, la espresion pasó en este sentido al idioma de los poetas de la natu- raleza, Parménides y Empédocles, y de allí ai uso de los prosistas. No discutiremos aquí cómo según estas ideas pitagóricas, distingue Philolao entre el Olimpo, Urano ó el Cielo, y el Cosmos; cómo la misma palabra está empleada en plu- ral para designar ciertos cuerpos celestes (los planetas) que circulan alrededor del foco cen- tral del mundo, ó grupos de estrellas. En mi obra, la palabra Cosmos est¿ tomada como la prescriben el uso helénic \ posterior á Pitágo- ras, y la definición muy exacta dada en el Tra- tado del mundo que falsamente se ha atribuido á Aristóteles; es el conjunto del cielo y de la tierra, la universalidad de las cosas que com- ponen el mundo sensible. Si desde largo tiempo los nombres de las ciencias no hubieran sido apartados de su verdadera significación lingüis- tica la obra que publico debería llevar el título

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de Cosmografía, y dividirse en Uranografía y Geografía. Los romanos, imitadores de los grie- gos, en sus débiles ensayos de filosofía, han con- cluido también por transportar al Universo la significación de sus mundos, que no indicaba primitivamente más que la compostura, el adorno, y no el orden ó la regularidad en la disposición de las partes. Es probable que la in- troducción de este término técnico en el idioma del Lacio, la importación de un equivalente de la palabra Cosmos, en su doble significación, se deba á Ennio (28), partidario de la escuela itá- lica, traductor de los filosofemas pitagóritos compuestos por Epicarno ó por alguno de sus adeptos».

Distinguiremos desde luego la historia física del mundo de la descripción física del mundo. La primera, concebida en el más lato sentido de la palabra, deberia, si existieran datos para es- cribirla, trazar las variaciones que ha esperi- mentado el universo en el trascurso de las eda- des, desde las estrellas nuevas que repentina- mente han aparecido y desaparecido en la bóveda del firmamento, desde las nebulosas que se di- suelven ó se condensan, hasta la primera capa de vegetación criptógama que ha cubierto la superficie apenas enfriada del globo, ó un banco de corales levantado en el seno de los mares. La descripción física del mundo ofrece el cua- dro de lo que coexiste en el espacio, de la acción simultánea de las fuerzas naturales y de los fe-

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nómenos que estas producen. Pero para com- prender bien la naturaleza, no se puede separar enteramente y de una manera absoluta la con- sideración del estado actual de las cosas, de la de las fases sucesivas por las cuales estas han pasado, ni puede concebirse su esencia sin reflec- sionar acerca del modo de su formación. No es la materia orgániea sola la que perpetuamente se compone y se disuelve para formar nuevas combinaciones; el globo, á cada fase de su vida, nos revela también el misterio de sus estados anteriores.

No es posible fijar la vista sobre la corteza de nuestro planeta, sin encontrar las huellas de un mundo orgánico destruido. Las rocas sedi- mentarias presentan una sucesión de seres que se han asociado por grupos, escluidos y reem- plazados; mutuamente. Estos bancos superpues- tos unos á los otros, nos revelan los faunos y las floras de los pasados siglos. En este sentido, la descripción de la naturaleza está intima- mente enlazada con su historia. El geólogo no puede concebir el tiempo presente sin remon- tarse, guiado por el enlace de las observaciones, á miles de siglos trascurridos. Al trazar el cua- dro físico del globo, vemos, por decirlo así, pe- netrarse recíprocamente el pasado y el presente; porque sucede en el dominio de la naturaleza lo mismo que en el dominio de las lenguas, en las cuales las investigaciones etimológicas nos ha- cen ver también un desarrollo sucesivo, y nos

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demuestran el estado anterior de un idioma, re- flejado en las formas de que hoy nos valemos. E-te reflejo del pasado se manifiesta tanto más en el estudio del mundo material, cuanto que \ eraos aparecer á nuestros ojos rocas de erup- ción y capas sedimentarias semejantes á las de edades anteriores. Para tomar un ejemplo sor- prendente de las relaciones geológicas que de- terminan la fisonomía de un pais, recordaré aquí que los promontorios traquíticos, los conos de basalto, las corrientes de amigdaloydes de poros alargados y paralelos, y los blancos depósitos de pómez mezclados con negras escorias, ani- man, por decirlo así, el paisaje, por los recuer- dos del pasado. Estas masas obran sobre la ima- ginación del observador instruido, como obrarían las tradiciones de un mundo anterior; que la forma de las rocas es su historia.

El sentido en que han empleado originaria- mente los Griegos y los Romanos la palabra historia, prueba que tenían también la convic- ron íntima de que para formarse una idea com- pleta del actual estado de las cosas, era preciso considerarlas en su sucesión. No en la definición darla por Verrio-Flaco (29), sino en los escritos zoológicos de Aristóteles, es donde la palabra historia se presenta como una esposicion de los rebultados de la esperiencia y de la observación. f,a descripción física del mundo de Plinio el Viejo, lleva el título de Historia natural', en las cartas de su sobrino se la llama mas noble-

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mente, TJisíoria de la naturaleza. Los primeros historiadores griegos no separaban aun las des- cripciones de los países, de la narración de los sucesos de que habian sido teatro. Entre ellos, la geografía física y la historia formaron estre- cha alianza: permanecieron mezcladas, de una manera sencilla y graciosa, hasta la época en que el gran desarrollo del interés político y la perpetua agitación de la vida de los ciudadanos, hicieron desaparecer de la historia de los pue- blos el elemento geográfico, para formar de él una ciencia aparte.

Queda que examinar si, por obra del pensa- miento, puede esperarse que la inmensidad de los fenómenos diversos que comprende el Cosmos, vengan á la unidad de un principio y á la evi- dencia de las verdades racionales. En el estado actual de nuestros conocimientos empíricos, no nos atravemos á concebir tan lisonjera esperan- za. Las ciencias esperinientales, fundadas en la observación del mundo esterior no pueden pre- tender nunca el completarse; la esencia de las cosas y la imperfección de nuestros órganos se oponen á ello igualmente. Nunca se acabará la riqueza inagotable de la naturaleza; ninguna generación podrá lisonjearse de haber abrazado la totalidad de los fenómenos. Distribuyéndolos por grupos es como se ha llegado á descubrir en algunos de estos, el imperio de ciertns leyes de la naturaleza, sencillas y grandes como ella. La estension de este imperio aumentará sin duda, á

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medida que las ciencias físicas se ensanchen y perfeccionen progresivamente. Brillantes ejem- plos de este adelanto se han dado en nuestros dias en los fenómenos electro-magnéticos, y en los que presenten la propagación de las ondas lu- minosas y el calórico radiante. Del mismo modo la fecunda doctrina de la evolución nos hace ver cómo en los desarrollos orgánicos todo lo que se forma ha sido bosquejado anteriormente, cómo los tejidos de las materias vejetales y animales nacen uniformemente de la multiplicación y de la transformación de las células.

La generalización de las leyes, no aplicada primero sino en estrecho círculo á algunos gru- pos aislados de fenómenos, ofrece con el tiempo gradaciones cada vez más señaladas, ganando en estension y en evidencia mientras se lija el ra- zonamiento en fenómenos de naturaleza real- mente análoga; pero desde el momento en que los cálculos dinámicos no son suficientes; por donde quiera que las propiedades específicas de la materia y su heterogeneidad están en juego, es de temer que obstinándonos en conocer las leyes, encontremos bajo nuestros pasos abismos infranqueables. El principio de unidad deja de hacerse sentir; el hilo se rompe do quiera que se manifieste entre las fuerzas de la naturaleza una acción de un género particular. La ley de los equivalentes y de las proporciones numéricas de composición, tan felizmente reconocida por los químicos modernos, proclamada bajo la an-

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tigua forma do símbolos atomístico?, permanece aun aislada, é independiente de las leyes mate- máticas del movimiento y de la gravitación.

Las producciones de la naturaleza, objeto de la observación directa, pueden distribuirse ló- gicamente por clases, órdenes ó familias. Los cuadros de estas distribuciones arrojan sin duda alguna luz sobre la historia natural descriptiva; pero el estudio de los cuerpos organizados y su enlace lineal, á pesar de dar más unidad y sen- cillez á la distribución de los grupos, no pueden elevarse á una clasificación fundada sobre un solo principio de composición y organización in- terior. Del mismo modo que las leyes de la na- turaleza presentan diferentes gradaciones según la estension de los horizontes ó de los círculos de fenómenos que abrazan, así también la espio- racion del mundo esterior tiene fases diversa- _ mente gradu; 'as. E! empirismo empieza por cál- culos aislad s que se van acercando según su analogía y su desemejanza. AI acto de la obser- vación directa sucede, aunque muy tarde, el deseo de esperimentar, es decir, de producir fe- nómenos bajo condiciones determinadas. El es- perimentador racional no obra al azar; se guía por hipótesis que se ha formado, por un presen- timiento semi-instintivo, y más ó menos exacto, del enlace de las cosas ó de las fuerzas de la na- turaleza. Los resultados debidos á la observa- ción ó al esperimento, conducen, por medio del -análisis y la inducción, al descubrimiento de le-

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yes empíricas. Estas son las fases que la inteli- gencia humana ha recorrido, y que han caracte- rizado diferentes épocas en la vida de los pue- blos. Siguiendo este camino es como se ha llegado á reunir el conjunto de hechos que constituyen hoy la sólida base de las ciencias de la natura- leza.

Dos formas de abstracción dominan el con- junto de nuestros conocimientos: relaciones de cantidad relativas á las ideas de número ó de magnitud, y relaciones de cualidad que compren- den las propiedades específicas ó la heterogenei- dad de la materia. La primera de estas formas, más accesible al ejercicio del pensamiento, per- tenece á las ciencias matemáticas; la segunda, más difícil de comprender y más misteriosa en apariencia, es del dominio de las ciencias quí- micas. Para someter los fenómenos al cálculo, hay que recurrir á una construcción hipotética de la materia por combinación de moléculas y atamos, cuyo número, forma, posición y pola- ridad deben determinar, modificar y variar los fenómenos. Los mitos de materias imponderables y de ciertas fuerzas vitales propias de cada or- ganismo, han complicado los cálculos y derra- mado una luz dudosa sobre el camino que ha de seguirle. Bajo condiciones y formas de intuición tan diversas es como se ha acumulado, á través de los siglos, el conjunto prodigioso de nuestros conocimientos empíricos, el cual aumenta cada dia con rapidez creciente. El espíritu investí-

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gador del hombre trata de tiempo en tiempo, y con éxito desigual, de romper formas anticua- das, símbolos inventados para someter la mate- ria rebelle á las construcciones mecánicas.

Muy lejos estamos aun de la época en que será posible reducir á la unidad de un principio racional, por la obra del pensamiento, cuanto percibimos por medio de los sentidos. Puede aun dudarse si en el campo de la filosofía de la natu- raleza llegará á conseguirse semejante resulta- do. La complicación de los fenómenos y la in- mensa estension del Cosmos parecen oponerse á este fin; pero aun cuando el problema fuera in- soluble en conjunto, no por ello una solución parcial, la tendencia hacia la comprensión del mundo, dejaría de ser el objeto eterno y subli- me de toda observación de la naturaleza. Fiel al carácter de las obras que he publicado hasta aquí, y á los trabajos de medidas, esperiencias, é investigaciones que han llenado mi carrera, me encierro en el círculo délas concepciones em- píricas.

La esposicion de un conjunto de hechos ob- servados y combinados entre sí, no escluye el deseo de agrupar los fenómenos según su racio- nal enlace, ni generalizar lo que es susceptible de generalización en el conjunto de las observa- ciones particulares, ni llegar, en fin, al descu- brimiento de las leyes. Concepciones del univer- so fundadas únicamente en la razón, en los prin- cipios de la filosofía especulativa, asignarían sin

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duda á la ciencia del Cosmos un objeto más ele- vado. Lejos estoy de censurar los esfuerzos que yo no he intentado, y de vituperarlos por el solo motivo de que hasta aquí han tenido un éxito muy dudoso. Contra la voluntad y los consejos de los profundos y poderosos pensadores que han dado una nueva vida á especulaciones con las cuales se había ya familiarizado la antigüedad, los sistemas de la filosofía de la naturaleza han alejado los ánimos durante algún tiempo en nuestra patria de los graves estudios de las ciencias matemáticas y físicas. La embriaguez de pretendidas conquistas ya hechas; un lengua- je nuevo escéntricamente simbólico; la predilec- ción por fórmulas de racionalismo escolástico tan estrechas como nunca las conoció la edad media, han señalado, por el abuso de las fuerzas en una generosa juventud, las efímeras satur- nales de una ciencia puramente ideal de la natu- raleza. Repito la espresion, abuso de las fuerzas, porque espíritus superiores entregados á la vez á los estudios filosóficos y á las ciencias de ob- servación, han sabido preservarse de estos esce- sos. Los resultados obtenidos por serias investi- gaciones en el camino de la esperiencia, no pue- den estar en contradicción con una verdadera filosofía de la naturaleza. Cuando hay oposición, la falta está, ó en el vacío de la especulación ó en las exageradas pretensiones del empirismo, que cree haber probado por la esperiencia más de lo que la esperiencia puede probar.

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Ya se oponga la naturaleza al mundo inte- lectual, como si este último no estuviese com- prendido en el vasto seno de la primera; ó bien se oponga al arte, considerado coma una mani- festación del poder intelectual de la humanidad, no deben conducir estos contrastes, reflejados en las lenguas más cultivadas, á un divorcio entre la naturaleza y la inteligencia, divorcio que re- duciría la física del mundo á no más que un con- junto de especialidades empíricas. La ciencia no empieza para el hombre hasta el momento en que el espíritu se apodera de la materia, en que trata de someter el conjunto de las esperiencias á combinaciones racionales. La ciencia es, el es- píritu aplicado á la naturaleza; pero el mundo esterior no existe para nosotros sino en tanto que por el camino de la intuición le reflejemos dentro de nosotros mismos. Así como la inteli- gencia y las formas del lenguaje, el pensamiento y el símbolo, están unidos por lazos secretos ó indisolubles, del mismo modo también el mundo esterior se confunde, casi sin echarlo de ver, con nuestras ideas y nuestros sentimientos. Los fe- nómenos esteriores, dice Hegel en La filosofía de la historia, están en cierto modo traducidos en nuestras representaciones internas. El mundo objetivo pensado por nosotros y en nosotros re- flejado, está sometido á las eternas y necesarias formas de nuestro ser intelectual. La actividad del espíritu se ejerce sobre los elementos que le facilita la observación sensible. Así desde la in-

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fancia de la humanidad se descubre en la simple intuición de los hechos naturales, en los prime- ros esfuerzos intentados para comprenderlos, el gormen de la filosofía de la naturaleza. Estas tendencias ideales son diversas y más ó menos fuertes, según las razas, sus disposiciones mo- rales, y el grado de cultura que han alcanzado, merced á la naturaleza que las rodea.

La historia nos ha conservado el recuerdo del gran número de formas, bajo las cuales se ha intentado concebir racionalmente el mundo en- tero de los fenómenos, reconocer en el Universo la acción de una sola fuerza motriz que penetra la materia, la transforma y la vivifica. Estos ensayos datan en la antigüedad clásica, desde los tratados de la escuela jónica sobre los principios de las cosas, en que apoyándose en un corto nú- mero de observaciones, se quiso someter el con- junto de la naturaleza á temerarias especula- ciones. A medida que por la influencia de gran- des sucesos históricos se han desarrollado todas las ciencias auxiliándose de la observación, háse visto también enfriarse el ardor que llevaba á deducir la esencia de las cosas y su conexión, de construcciones puramente ideales y de prin- cipios racionales en un todo. En tiempos más próximos á nosotros, la parte matemática de la filosofía natural ha sido la que recibió mayores adelantos. El método y el instrumento, es decir el análisis, se han perfeccionado á la vez. Cree- mos que lo que fué conquistado por tan diversos

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medios, por la aplicación ingeniosa de las supo- siciones atomísticas, por el estudio más general y más Íntimo de los fenómenos y por el perfec- cionamiento de nuevos aparatos, es el bien co- mún de la humanidad, y no debe hoy como antes tampoco lo era, ser sustraido á la libre acción del pensamiento especulativo.

No puede negarse sin embargo, que en el tra- bajo del pensamiento hayan corrido algún peli- gro los resultados de la esperiencia. En la perpe- tua vicisitud de los aspectos teóricos, no hay que admirarse mucho, como dice ingeniosamen- te el autor de Gtordano Bruno (30), «si la mayor aparte de los hombres no ven en la filosofía sino »una sucesión de meteoros pasajeros, y si las >grandes formas que ha revestido corren la suer- te de los cometas, que el pueblo no coloca entre >las obras eternas y permanentes de la natura- Meza, sino entre las fugitivas apariciones de los ^vapores ígneos.» Apresurémonos á añadir que el abuso del pensamiento y las equívocas sendas en que penetra, no pueden autorizar una opi- nión cuyo efecto sería rebajar la inteligencia, á saber, que el mundo de las ideas no es por su na- turaleza más que un mundo de fantasmas y sueños, y que las riquezas acumuladas por la- boriosas observaciones tienen en la filosofía una potencia enemiga que las amenaza. No es pro- pio del espíritu que caracteriza nuestro tiempo el rechazar con desconfianza cualquier generali- zación de miras, cualquier intento de profundi-

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zar las cosas por la senda del raciocinio y de la inducción. Sería desconocer la dignidad de la naturaleza humana, y la importancia relativa de nuestras facultades, el condenar, ya Ja razón austera que se entrega á la investigación de las causas y de su enlace, ya el vuelo de la imagi- nación que precede á los descubrimientos y los suscita por su poder creador.

PRIMERA PARTE.

EL CIELO.

CUADRO DE LOS FENÓMENOS CELESTES.

Cuando el espíritu humano se enorgullece hasta querer avasallar al mundo material, es decir, al conjunto de los fenómenos físicos; cuan- do intenta reducir al dominio de su pensamiento la naturaleza entera con la rica plenitud de su vida, y la acción de las fuerzas ya patentes ya ocultas que la animan, los límites de su hori- zonte se pierden en lontananza y desde la altura á que se eleva se le aparecen las individuali- dades como agrupadas en masas y como veladas por una lijera bruma. Tal es el punto de vista en que queremos colocarnos para contemplar el Universo, é intentar describir en su conjunto la esfera de los cielos y el mundo terrestre. No se me oculta la audacia de tentativa semejante, pues que entre todas las formas de esposicion á que consagro estas pajinas, el ensayo de un

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cuadro general de la naturaleza es tanto más di- fícil, cuanto que en lugar de limitarnos á descri- bir en detalle las riquezas de sus tan variadas formas, nos proponemos pintar las grandes ma- sas, ya sea que tengan sus contornos una exis- tencia real, ya que las divisiones del cuadro re- sulten de la naturaleza misma de nuestras con- cepciones. Para que esta obra sea digna de la bellísima espresion de Cosmos, que significa el orden en el Universo y la magnificencia en el or- den, es necesario que abrase y describa el gran Todo; es preciso clasificar y coordinar los fenó- menos, penetrar el juego de fuerzas que los pro- ducen, y pintar en fin, con animado lenguaje, una viviente imagen de la realidad, ¡Quiera Dios que la infinita variedad de los elementos de que se compone el cuadro de la naturaleza no per- judique á la impresión armoniosa de calma y de unidad, supremo objeto de toda obra literaria ó puramente artística!

Desde las profundidades del espacio ocupadas por las nebulosas más remotas, descenderemos por grados á la zona de estrellas de que es una parte nuestro sistema solar, al esferoide terres- tre con su envuelta gaseosa y líquida, con su forma, su temperamento y su tensión magnéti- ca, hasta los seres dotados de vida que la acción fecundante de la luz desarrolla en su superficie. Sobre este cuadro del mundo tendremos que pin- tar á grandes rasgos los espacios infinitos de los cielos, y trazar el bosquejo de microscópicas

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existencias del reino orgánico que se desarrollan en las aguas estancadas ó sobre las ásperas cres- tas de las rocas. Las riquezas de observación que el estudio severo de la naturaleza ha sabido acu- mular hasta nuestra época, forman los materia- les de esta vasta representación, cuyo carácter principal debe ser el de llevar en misma el testimonio de su fidelidad. Pero en las condicio- nes consignadas en los prolegómenos, un cuadro descriptivo de la naturaleza no puede compren- der los detalles y las individualidades considera- das fuera del conjunto, porque perjudicaría al efecto general de la obra querer enumerar todas las formas en que se revela la vida, todos los hechos y todas las leyes de la naturaleza. La ten- dencia que lleva á fraccionar indefinidamente la suma de nuestros conocimientos es un escollo que el filósofo ha de saber evitar, so pena de perder- se en la multitud de detalles acumulados por un empirismo casi siempre irreflexivo. Ignoramos aun, además, una parte considerable de las pro- piedades de la materia, ó para hablar en lengua- je más conforme con la filosofía natural, fáltanos descubrir series enteras de fenómenos que de- penden de fuerzas de que ninguna idea tenemos en la actualidad; laguna que por solo sería su- ficiente para hacer que fuese incompleta toda re- presentación unitaria de la totalidad de los he- chos naturales. También en el fondo mismo del goce que le inspira el cuadro de sus conquistas, el espíritu inquieto, poco satisfecho del presen-

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te, experimenta como una especie de malestar, cediendo al deseo enérgico que le lleva incesan- temente hacia las regiones de la ciencia aun inesperadas. Estas aspiraciones de nuestra al- ma anudan más fuertemente el lazo que une el mundo sensible al mundo ideal en virtud de las leyes supremas de la inteligencia, y vivifican esta relación misteriosa «de la impresión que recibe nuestra alma del mundo esterior y el acto que la refleja del seno de sus mismas profundi- dades.»

Siendo además la naturaleza (considerada co- mo conjunto de. seres y de fenómenos) ilimitada en cuanto á sus contornos y á su contenido, nos presenta un problema que toda la capacidad hu- mana no podría abarcar, problema insoluble por- que exi, e el conocimiento sreneral de todas las fuerzas que se agitan en el Universo. Bien puede hacerle semejante confesión, cuando nos propo- nemos por único objeto de nuestras investiga- ciones inmediatas, las leyes de los seres ó de sus desenvolvimientos, y cuando nos sujetamos á seguir un solo camino, el de la esperiencia guia- da p ir un método de inducción rigurosa. Es ver- dad que se renuncia así á satisfacer la tendencia que nos lleva á considerar la naturaleza en su universalidad, y á penetrar la esencia misma de las cosas; pe?o la historia de las teorías genera- les sobre el mundo, que hemos reservado para otra parte de esta obra, prueba que la humani- dad puede solamente aspirar al conocimiento

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parcial, aunque cada vez más profundo, de las leyes generales del Universo. Trátase pues aquí, de pintar el conjunto de los resultados adquiri- dos, dentro del punto de vista de la actualidad, en cuanto á la medida y los límites, como en lo tocante la estension de este cuadro* Ahora bien: cuando se habla de los movimientos y de las transformaciones que se efectúan en el espa- cio, es el fin principal de nuestras investigacio- nes la determinación numérica de los valores medios que constituyen la espresion misma de las leyes físicas. Estos números medios nos re- presentan lo que hay de constante en los fenóme- nos variables, lo que hay de fijo en la fluctua- ción perpetua de las apariencias. De aquí el que los progresos actuales de la física se manifiesten casi esclusivamente por pesos y medidas, con el objeto de obtener ó de corregir los valores nu- méricos medios de ciertas magnitudes. Podria, pues, decirse que los números, últimos geroglí- íicos que aun subsisten en nuestra escritura, son nuevamente para nosotros, pero en una acepción mucho más lata, lo que antiguamente eran para la escuela itálica: las fuerzas mismas del Cosmos. Ama el sabio la sencillez de estas relaciones numéricas que espresan las dimensiones del cie- lo visible, la magnitud de ios cuerpos celestes, sus periódicas perturbaciones y los tres elemen- tos del magnetismo terrestre, la presión atmos- férica y la cantidad de calórico que el sol irradia en cada una de las estaciones del año sobre todos

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los puntos de nuestros continentes ó de nuestros mares; pero esto no bastaría al poeta de la natu- raleza, y menos aun á la muchedumbre curiosa que creen á la ciencia contemporánea estraviada en falsos caminos porque no responde ya sino con la duda á una multitud de cuestiones que se creyó en otro tiempo llegarían A entrar en su do- minio, cuando no las declara absolutamente in- solubles. Preciso es confesarlo: la ciencia actual, bajo una forma más severa, con limites más estrechos, está desprovista de aquel engañoso atractivo de la antigua física, cuyos dogmas y símbolos tan propios eran para perturbar la ra- zón, dando libre curso á las imaginaciones más ardientes. Antes del descubrimiento del Nuevo - Mundo, se creyó percibir por mucho tiempo des- de lo alto de las costas de las Canarias ó de las Azores, tierras situadas al Occidente. Era ilu- sión producida, no por el juego de una refrac- ción estraordinaria, sino por el anhelo que nos arrastra á penetrar más allá de nuestro alcance. La filosofía natural de los griegos, la física de la edad media y lo mismo la de los últimos si- glos ofrecen más de un ejemplo análogo de aque- lla ilusión del espíritu que se forja, por decirlo así, fantasmas aéreos. Parece como que en los límites de nuestros conocimientcs, de igual mo- do que desde lo alto de las costas de las últimas islas, la vista turbada procura descansar en le- janas regiones; y qtie luego la tendencia á lo so- brenatural, á lo maravilles , presta una forma

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determinada á cadi manifestación de ese poder de creación ideal de que el hombre está dotado, ensanchando el dominio de la imaginación, donde reinan como soberanos los sueños cosmológicos, geonósticos y magnéticos, en pugna constante- mente con el dominio de la realidad.

Bajo cualquier aspecto en que quiera consi- derarse la naturaleza, ya sea como conjunto de seres y de sus desarrollos sucesivos, ya como la fuerza interior del movimiento, ó ya en fin, co- mo el tipo misterioso al que se refieren todas las apariencias, la impresión que produce en nos- otros tiene siempre algo de terrestre. Ni aun re- conocemos nuestra patria, sino allí donde co- mienza, el reino de la vida orgánica: como si la imagen de la naturaleza se asociase fatalmente en nuestra alma á la de la tierra adornada desús flores y de sus frutos, animada por las razas in- numerables de animales que viven en su super- ficie. El aspecto del firmamento y la inmensidad de los espacios celestes, forman un cuadro en que la magnitud de las masas, el número de soles di- vers'irrer-te agrupados, y las mismas pálidas ne- bulosas, pueden bien escitar nuestro asombro ó admiración; pero no dejamos de sentirnos estra- ños á esos mundos en que reina una soledad aparente, y que no nos producen la impresión in- mediata, por la cual, la vida orgánica nos liga á la tierra. Así vemos, que todas las concepciones físicas del hambre, aun las más modernas, han separado el Cielo de la Tierra como en dos re-

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giones, la una superior, inferior la otra.

Si pues para pintar el cuadro de la naturale- za escogiéramos el punto de vista en que nos co- locan nuestros sentidos, sería preciso empezar por el suelo que nos soporta; describir el globo terrestre, su forma y sus dimensiones, su densi- dad y su temperatura creciente hác?a el centro; separar las capas superpuestas, tanto fluidas co- mo sólidas; distinguir los continentes de los ma- res y presentar la vida orgánica desarrollando por do quiera su trama, invadiendo la superficie y poblando las profundidades; dibujar, por fin, el Océano aéreo perpetuamente agitado por sus cor- rientes, en el fondo del cual surgen como otros tantos bajíos y escollos, las altas cadenas de nuestras montañas coronadas de bosques. Según este cuadro, cuyos rasgos estarían tomados solo de nuestro íriobo, alzaríase la vista á los espa- cies celestes, y la tierra, dominio ya bien cono- cido de la vida orgánica, vendría á ser entonces considerada como planeta, tomando puesto entre los otros globos, satélites como ella de uno de esos astros inumerables que brillan con luz pro- pia. Esta serie de ideas ha trazado la senda á las primeras teorías generales que adoptaron como punto de partida el de nuestras sensacio- nes; serie que casi recordaría la antigua con- cepción de una tierra rodeada de todos lados de agua, y como sosteniendo la bóveda celeste; se- rie que empieza en el lugar mismo en que se ha- lla el observador, y parte de lo conocido para ir

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á lo desconocido, de lo que nos toca y cerca, para llegar hasta los límites de nuestro alcance. Este es el método fundadamente matemático que se sigue en la esposicion de las teorías astronómi- cas, cuando se pasa del movimiento aparente de los cuerpos celestes á sus movimientos reales.

Pero si se trata de esponer el conjunto de nuestros conocimientos en lo que tienen de fir- me y de positivo, y aun de probable actualmente en mayor ó menor grado, sin empañarse, no obs- tante, en desarrollar su demostración, preciso es recurrir á un orden de ideas muy diferente, y sobre todo renunciar al punto de partida terres- tre, cuya importancia en la generalidad es es- clusivamente relativa al hombre. La tierra no debe ya aparecer en primer término sino como un detalle subordinado al conjunto del cual for- ma parte, debiendo guardarnos de aminorar el carácter de grandeza de tal concepción por mo- tivos fundados en la proximidad de ciertos fenó- menos particulares, en su influencia más ínti- ma, ó en su más directa utilidad. De aquí, pues, que una descripción física del mundo, es decir, un cuadro general de la naturaleza, deba empe- zar por el cielo y no por la tierra; pero á medida que la esfera que abarca la mirada se estreche, veremos aumentarse la riqueza de detalles, com- pletarse las apariencias físicas, y multiplicarse las propiedades específicas de la materia. Desde aquellas regiones en que la sola fuerza cuya existencia nos es dable comprobar es la gravita-

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cJon, descenderemos gradualmente hasta nues- tro planeta, y penetraremos al fln en el mecanis- mo complicado de las fuerzas que reinan en su superficie. El método descriptivo que acabo de bosquejar, es el inverso del que suministró los materiales: el primero enumera y clasifica lo que el .--¿gundo ha demostrado.

El hombre se pone en relación con la natura- leza por medio de sus órg mos. Así la existencia de la materia en las profundidades del cielo, se nos revela por los fenómenos luminosos; y puede decirse que la vista es el órgano de ia contem- plación del Universo, y que el descubrimiento de la visión telescópica, que data apenas dos si- glos y medio, ha dotado á las generaciones ac- tuales de una potencia de la cual todavía se ig- noran los límites.

De las consideraciones que forman la ciencia del Cosmos, las primeras y más generales tratan de la distribución de la materia en los espacios, ó de la creación, empleando la palabra que sirve de ordinario para designar el conjunto actual de los seres y los desarrollos sucesivos cuyo ger- men contienen aquellos. Y ante todo, veremos la materia, y . condensada en globos de magni- tudes y de densidades muy diversas, animados de un doble movimiento de rotación y de trasla- ción; ya diseminada en el espacio bajo la forma de nebulosidades fosforescentes.

Consideremos en primer lugar la materia cós- mica esparcida en el cielo bajo formas más ó me-

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nos determinadas, y en todos los estados posibles de agregación. Cuando las nebulosas tienen cor- tas dimensiones aparentes, presentan el aspecto de pequeños discos circulares ó elípticos, ya ais- lados, ya pareados, y reunidos entonces alguna vez por un pequeño filete luminoso. Bajo mayo- res diámetros, la materia nebulosa toma las for- mas más variadas: envia lejos en el espacio nu- merosas ramificaciones; se estiende en abanico, ó bien afecta la figura anular de contornos cla- ramente determinados, con un espacio central oscuro. Créese que estas nebulosas sufren gra- dualmente cambios de forma, según que la ma- teria, obedeciendo a las leyes de la gravitación, se condense alrededor de uno ó de muchos cen- tros. Cerca de 2,500 de estas nebulosas que no han podido resolver en estrellas los más podero- sos telescopios, están ya clasificadas y determi- nadas relativamente á los lugares que ocupan en el cielo.

Ed presencia d ^ este desarrollo genesiaco, de estas formaciones perpetuamente progresivas que se efectúan en los espacios celestes, el ob- servador filósofo no puede menos de establecer una cierta analogía entre estos grandes fenóme- nos y los de la vida orgánica; de igual modo que vemos en nuestros bosques árboles de la misma especie que han llegado á todos los grados po- sibles de crecimiento, también pueden recono- cerse en la inmensidad de los campos celestes las diversas fases de la formación gradual de las es-

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trellas. Esta condensación progresiva, enseñada por Anaxiraenes, y con él toda la escuela jónica, parece como que se desarrolla simultáneamente á nuestros ojos. Preciso es reconocer que la ten- dencia casi adivinadora de estas investigaciones y de estos esfuerzos del espíritu ha ofrecido siem- pre á la imaginación el más poderoso atractivo (31); pero lo que debe cautivarnos masen el es- tudio de la vida y de las fuerzas que animan al Universo, no es tanto el conocimiento de los sé- res en su esencia, como el de la ley de su desa- rollo, es decir, la sucesión de formas que revis- ten; pues por lo tocante al acto mismo de la creación, al origen de las cosas considerado co- mo la transición de la nada al ser, ni la espe- riencia ni el razonamiento pueden darnos nin- guna idea.

No se han limitado los astrónomos á compro- bar en las nebulosas diversas fases de formación, según los grados de su condensación más ó me- nos marcada hacia el centro; sino que han creí- do también poder deducir inmediatamente de las observaciones hechas en diferentes épocas, que se han verificado cambios efectivos en la nebu- losa de Andrómeda, en la del navio Argos y en los filamentos aislados pertenecientes á la nebu- losa de Orion; pero la desigual potencia de los instrumentos empleados en estas diferentes épo- cas, las variaciones de nuestra atmósfera y otras influencias de naturaleza óptica, nos autorizan á dudar de una parte de aquellos resultados,

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cuando se los considera como términos de com- paración legados por la historia de los cielos.

No deben confundirse las manchas nebulosas propiamente dichas, de formas tan variadas, y diferente brillo, cuya materia sin cesar concen- trada acabará quizás por condensarse en estre- lla?, ni tampoco las nebulosas planetarias, que emiten desde todos los puntos de sus discos un tanto ovalados una luz suave y uniforme, con las llamadas estrellas nebulosas. No se trata aquí de un efecto de proyección puramente for- tuito, antes al contrario, la materia fosfores- cente, la nebulosidad, forma un todo con la es- trella á que rodea. A juzgar por su diámetro aparente, generalmente considerable, y por la distancia á que brillan las nebulosas planetarias y las estrellas nebulosas, estas dos variedades deben tener enormes dimensiones. Resulta de nuevas consideraciones estremadamente inge- niosas acerca de los diversos efectos que puede producir el alejamiento en el brillo de un disco luminoso de diámetro apreciable y en el de un punto aislado, que las nebulosas planetarias son probablemente estrellas nebulosas, en las cuales toda diferencia de brillo entre la estrella central y la atmósfera que la rodea ha desaparecido, aun para la vista auxiliada de los más poderosos telescopios.

Las magnificas zonas del cielo austral com- prendidas entre los paralelos de los grados 50 y 80, son las más ricas en estrellas nebulosas y

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en conjuntos Je nebulosidades irreductibles. De las dos nubes magallánicas que giran alredor del polo austral, de ese polo tan pobre en estrellas que asemeja comarca devastada, la mayor pare- ce ser, según investigacionnes recientes (32) «una sorprendente aglomeración de masas esfé- ricas de estrellas mayores ó menores, y de nebu- losas irreductibles, cuyo brillo general ilumina el campo de la división y forma como el fondo del cuadro.» El aspecto de estas nubes, la bri- llante constelación del navio Argos, la via láctea que se estiende entre el Escorpión, el Centauro y la Cruz, y aun me atrevo á decir, el aspecto tan pintoresco de todo el cielo austral, han pro- ducido en mi alma una impresión que no se borrará jamás.

La luz zodiacal que se eleva sobre el hori- zonte como resplandeciente pirámide, y cuyo dulce brillo constituye el eterno adorno de las noches intertropicales, es probablemente una gran nebulosa anular que gira entre la órbita de Marte y la de la tierra; porque no es admisi- ble la opinión de los que creen ver en ella la capa esterior de la misma atmósfera del sol. A más de estas nebulosidades, de estas nubes luminosas de formas determinadas, observaciones exactas tienden á comprobar la existencia de una mate- ria infinitamente tenue, que no tiene probable- mente luz propia, pero que se revela por la re- sistencia que opone al movimiento del cometa de Encke (y quizás también á los de Biela y Fa-

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ye) y por la disminución que hace esperimentar á su escentricidad y á la duración de sus revo- luciones. Esta materia etérea ó cósmica, flotan- te en el espacio, párese como animada de movi- miento; y á pesar de su tenuidad originaria, po- demos suponerla sometida á las leyes de la gra- vitación, y más oondensada, por consiguiente en los alrededores de la enorme masa del sol; de- biendo admitirse, en fin, que se renueva y au- menta há muchos miles de siglos, por las mate- rias gaseiformes que las colas de los cometas abandonan en el espacio.

Después de haber considerado así la variedad de formas que reviste la materia diseminada en los espacios infinitos de los cielos (33) ya sea que se estienda sin límites ni contornos en for- ma de éter cósmico, ó que primitivamente haya estado condesada en nebulosas, preciso es fijar nuestra atención ahora en la parte sólida del Universo, es decir, en la materia aglomerada en esos globos que esclusivaraente designamos con el nombre de astros ó mundos estelares. Toda- vía aquí encontramos diversos grados de agrega- ción y de densidad, y nuestro propio sistema so- lar reproduce todos los términos de la serie de los pesos específicos (relación de volumen á la masa) que nos han hecho familiares las sustan- cias terrestres. Cuando se comparan los plane- tas desde Mercurio hasta Marte al Sol y á Jú- piter, y estos dos últimos astros á Saturno, me- nos denso aun, se llega por una progresión de-

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creciente desde el peso específico del antimonio metálico hasta el de la miel, el del agua y el del abeto. Además, la densidad de los cometas es tan débil, que la luz de las estrellas lo atraviesa sin refracción, aun por la parte más compacta que se llama habitual mente cebeza ó núcleo; quizás no hay cometa alguno cuya masa equivalga á 0,005 de la de la tierra. Señalemos en este lugar lo que aparece como más sorprendente en la diversidad de los efectos producidos por las fuer- zas cuya acción progresiva ha presidido origi- nariamente á las aglomeraciones de la materia; pues si bien desde el punto de vista general en que nos hemos colocado, hubiéramos podido in- dicar á priori esta variedad indelinida como un resultado posible de la acción combinada de las fuerzas generatrices, hemos creido mejor mos- trarla como un hecho real que se desarrolla efec- tivamente á nuestros ojos en las regiones ce- lestes.

Las concepciones puramente especulativas de Wright, Kant y Lambert acerca de la construc- ción general de los cielos, han sido establecidas por William Herschell sobre una base más sóli- da, sobre observaciones y medidas exactísimas. Este grande hombre, tan osado y tan prudente á la vez en sus investigaciones, fué el primero que se atrevió á sondear las profundidades de los cielos, para determinar los límites y la forma de la capa aislada de estrellas de que la tierra es parte, y el primero también que intentó apli-

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car á esta zona estelar las relaciones de magni- tud, de forma y de posición que le habían sido reveladas por el estudio de las nebulosas más remotas, justificando así el bello epitafio graba- do sobre su tumba de Upton. Ccelonon perrupU claustra. Lanzado, como Colon, á un mar des- conocido, descubrió islas y archipiélagos, dejan- do á las generaciones siguientes el cuidado de determinar su exacta posición.

Ha sido preciso recurrir a hipótesis más ó menos verosímiles acerca de las verdaderas mag- nitudes de las estrellas y su número relativo, es decir, sobre su acumulación más ó menos marca- da en los espacios iguales que circunscribe el campo de un mismo telescopio graduado siempre del propio modo, para evaluar el espesor de las capas ó de las zonas que aquellas constituyen. Es también imposible atribuir á estos datos, cuando se trata de deducir de ellos las particularidades de la estructura de los cielos, el mismo grado de certeza á que se ha llegado en el estudio de los fenómenos peculiares de nuestro sistema solar, ó en la teoría general de los movimientos aparen- tes y reales de los cuerpos celestes, ó en la deter- minación por último, de las revoluciones veri- ficadas por las estrellas componentes de un sis- tema binario alrededor de su centro común de gravedad. Esta parte de la ciencia del Cosmos, se asemeja á las épocas fabulosas ó mitológicas de la historia: la una como las otras se remon- tan en efecto á ese incierto crepúsculo en que

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van á perderse los origines de los tiempos his- tóricos y los límites del espacio, más alia de los cuales no alcanzan nuestras medidas. La eviden- cia, á tal altura, empieza á desaparecer de nues- tras concepciones, y todo convida á la imagina- ción á buscar en misma una forma y contor- nos fijos para esas confusas apariencias que amenazan escapar á nuestra investigación.

Pero volviendo á la comparación que ya he- mos indicado, entre la bóveda celeste y un mar sembrado de i~las y archipiélagos, ella nos ayu- dará á comprender mejor los diversos modos de distribución de los grupos aislados que forma la materia cósmica; de las nebulosas irresolubles condensadas alrededor de uno ó de muchos cen- tros, que llevan en mismas el signo de su an- tigüedad; y de las agregaciones de estrellas ó de los grupos esporádicos distintos que presentan rasgos de una formación más reciente. La reu- nión de estrellas de que nosotros hacemos parte y que podríamos llamar en este sentido una isla del Universo, constituye una cipa aplanada, lenticular, aislada por todas partes; y se estima que su eje mayor es igual á setecientas ú ocho- cientas veces la distancia de Sirio á la Tierra, y el eje menor á unas ciento cincuenta. Para for- mar idea de la magnitud absoluta de la unidad de que se trata, puede suponerse que la paralaje de Sirio no escede á la de la estrella brillante del Centauro (0", 91*28); en cuyo caso la luz em- plearía tres años en recorrer la distanci

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nos separa de Sirio; pues según los admirables trabajos de Bessel sobre la paralaje de la estre- lla 61 del Cisne (0", 3483) (34), estrella que por su movimiento considerable propio, hace sospe- char su proximidad, un rayo luminoso que par- tiera de este astro no podría llegar hasta noso- tros sino después de nueve años y tres meses.

Nuestro grupo de estrellas, cuyo espesor es relativamente poco considerable se divide en dos ramas á un tercio próximamente de su esten- sion; créese que el sistema solar está situado en él escéntricamente, no lejos del punto de divi- sión, más cerca de la región en que brilla Sirio que de la constelación del Águila, y casi en me- dio de la capa en el sentido de su espesor.

Ya hemos dicho más arriba que midiendo sis- temáticamente el cielo y contando las estrellas contenidas en el campo invariable de un teles- copio dirigido sucesivamente hacia todas las re- giones del espacio, es como se ha llegado á Ajar la situación de nuastro sistema solar, y á deter- minar la forma y las dimensiones del conjunto lenticular de estrellas de que hace parte. En efec- to, si ti número más ó menos grande de estrellas contenidas en espacios iguales, varia en razón del espesor mismo de la capa á cada dirección, este número debe darnos la longitud del rayo visual, sonda atrevidamente arrojada á las pro- fundidades del cielo, cuando el rayo hiere el fon- do de la capa estelar ó más bien á su límite es- terior, porque no tienen aplicrcion aquí las ideas

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de alto ni de bajo. En sentido del eje mayor de la capa, debe el rayo visual encontrar las estre- llas escalonadas siguiendo esta dirección, en mu- cho mayor número que por cualquier otra par- te; en efecto, las estrellas están fuertemente condensadas en estas regiones y como reunidas en un matiz general que puede compararse á un polvo luminoso- Su conjunto señala en la bóveda celeste una zona que parece envolverla por com- pleto. Esta zona estrecha, cuyo brillo desigual se interrumpido á trechos por espacios oscu- ros, sigue con algunos grados de diferencia la dirección de un círculo máximo de la esfera, porque nosotros venimos á estar colocados cer- ca del medio de la capa de estrellas, y en el pla- no mismo de la via láctea, que es su perspectiva. Si nuestro sistema planetario se encontrase si- tuado á una gran distancia de ese conjunto de estrellas, la via láctea nos ofreceriala aparien- cia de un anillo; á una distancia aun mayor, aparecería en el telescopio como una nebulosa irreductible terminada por un contorno cir- cular.

Entre todos los astros que brillan con luz pro- pia, tenidos largo tiempo por fijos, aunque equi- vocadamente, puesto que de continuo cambia su posición, entre esos astros que forman nuestra isla en el Océano de los mundos, el Sol es el úni- co que observaciones reales nos permiten reco- nocer como centro de los movimientos de un sis- tema secundario compue-to de planetas, de co-

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metas y de asteroides análogos á nuestros aero- litos. Las estrellas dobles ó múltiples no pue- den ser asimiladas por completo á nuestro sis- tema planetario, ni por la dependencia de los mo- vimientos relativos, ni por las apariencias lumi- nosas. Ciertamente, los astros que brillan con una luz propia, y forman estas asociaciones binarias ó más complejas, giran también alrededor de su centro común de gravedad, y quizás arrastren cortejos de planetas y de lunas cuya existencia no pueden revelarnos nuestros telescopios: pero el centro de sus movimientos se encuentra en un espacio vacío, ó lleno únicamente de materia cósmica, mientras que en el sistema solar, este mismo centro está situado en el interior de un cuerpo visible. Si, esto no obstante, queremos considerar como estrellas dobles el Sol y la Tier- ra, ó la Tierra y la Luna, y si tratamos de asi- milar el conjunto de los planetas á un sistema múltiple, será necesario restringir á solo los movimientos, la analogía que entrañan estas denominaciones; porque puede admitirse la uni- versalidad de las leyes de la gravitación; pero todo lo que se refiere á las apariencias lumino- sas, deberá ser escluido de esta aproximación ó comparación.

Colocados en el punto de vista general que nos habia impuesto la naturaleza misma de nuestra obra, podemos examinar ahora nuestro sistema solar bajo un doble aspecto: estudiare- mos primero, en las diversas clases que en ól

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pueden distinguirse, los caracteres generales de magnitud, figura, densidad y situación relativa; trataremos en seguida de las relaciones que pa- recen unir este codj unto á las demás partes de nuestra zona estrellada; con lo cual se indica bastante el movimiento propio del Sol mismo.

En el estado actual de la ciencia, nuestro sistema solar se compone de once planetas prin- cipales, diez y oclio lunas ó satélites, y multi- tud de cometas, entre los cuales hay algunos que constantemente permanecen en los estre- chos límites del mundo de los planetas, y por esto llevan el nombre de cometas planetarios. Podemos según todas las probabilidades añadir al cortejo de nuestro Sol y colocar en la esfera donde se ejerce inmediatamente su acción cen- tral, primeramente un anillo de materia nebu- losa, animado de un movimiento de rotación, probablemente situado entre la órbita de Marte y la de Venus, por lo menos sabemos de cierto que se estiende más allá de la de la Tierra (:>5)» y al cual se debe esa apariencia luminosa de for- ma de pirámide, conocida con el nombre de luz zodiacal; forman parte asimismo del sistema so- lar una multitud de asteroides escesivamente pequeños, cuyas órbitas cortan la de la Tierra ó se separan muy poco de ella, y por los cuales se esplican las apariciones de estrellas errantes y la caida de aerolitos. Cuando consideramos estas formaciones tan complejas, los astros nu- merosos que giran alrededor del Sol en elipses

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más ó menos escéntricas, sin tratar de espli'cál*, como el inmortal autor de la Mecánica ce'este, el origen de 1?- mayor parte de los remotas, por medio de porciones de materia desligadas las nebulosas, y errantes de un mundo a] otro (36), preciso es reconocer que los planetas fon sns satélites no forman sino una muy pequeña parte del sistema solar, si se atiende al número y no á las masas.

Háse supuesto que los planetas telescópicos; Vesta, Juno, Céres y Palas, forman una especie de grupo intermedio, y que sus órbitas, tan es- trechamente enlazadas, tan inclinada?, tan es- céntricas, determinan en el espacio una zona de separación entre los planetas interiores, Mer- curio, Venus, la Tierra, Marte, y la región de los planetas esteriores Júpiter, Saturno y Urano (37). Estas do* regiones presentan con efecto, los más sorprendentes contrastes. Los planetas interiores más próximos al Sol, son de magni- tud media y densidad considerable; giran lenta- mente sobre mismos en tiempos casi iguales (veinte y cuatro horas próximamente), son poco aplanados, y, salvo la Tierra, están desprovis- tos totalmente de satélites; los planetas este- riores son de mucha mayor magnitud y cinco veces menos densos; su rotación es por lo me- nos dos veces más rápida, su aplanamiento más marcado, y el número de sus satélites compa- rado con el de los planetas inferiores está en la relación de diez y siete á uno, si es que Urano

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posee efectivamente las seis lunas que se le atri- buyen.

Pero las consideraciones de donde hemos de- ducido los caracteres generales de estos dos gru- pos no pueden estenderse con igual grado de exactitud á cada uno de los planetas en parti- cular, y no es fácil comparar así, una á una, las distancias al centro común de los movimientos con las magnitudes absolutas, las densidades con el tiempo de la rotación, ni las escentricidades y la mutua inclinación de las órbitas con los ejes máximos. No conocemos relación necesaria entre los seis elementos que acabamos de enu- merar y las distancias medias, é ignoramos si existe entre aquellas diversas magnitudes algu- na ley de la Mecánica celeste, análoga por ejem- plo, á la que relaciona los cuadrados de los tiempos periódicos á los cubos de los ejes máxi- mos. Marte está más lejano del Sol que Venus y que la Tierra, y es sin embargo más pequeño, y de todos los planetas de antiguo conocidos, del que difiere menos en cuanto al diámetro es de Mercurio, el planeta más próximo al Sol. Saturno es más pequeño que Júpiter; pero es mucho mayor que Urano. Mis aun: á la zona de los planetas telescópicos sucede inmediata- mente Júpiter, el más poderoso de todos los as- tros secundarios de nuestro sistema; y sin em- bargo, la superlicie d9 aquellos asteroides, cuyo diámetro por su pequenez escapa casi á nues- tras mediciones, escede apenas en el duplo á la

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de Francia, Madagasear ó Borneo. Por sorpren- dente que pueia ser la densidad tan estraordi- nariamente débil de esos colosos planetarios que gravitan hacia el Sol en los confines de nuestro mundo, todavía, sin embargo, se echa también aquí de meaos la regularidad en la serie decre- ciente (38); pues Urano parece ser más denso que Saturno, aun admitiendo la masa calculada por Lamont, 1 [24605, que es el más pequeño; y á pesar de la escasa diferencia que se observa en las densidades del grupo de los planetas más próximos al Sol (39), encontramos de una y otra parte de la Tierra á Venus y Marte, que son los dos menos densos que nuestro planeta. En cuanto á la duración de la rotación, no hay duda que disminuye á medida que la distancia al Sol aumenta; sin embargo, Marte invierte más tiempo en su rotación que la Tierra, y Sa- turno más que Júpiter. Las escentricidades ma- yores pertenecen á las eclipses que describen Juno, Palas, y Mercurio, y las menores son las de Venus y la Tierra, dos planetas que se su- ceden sin embargo en el orden de las distancias. Mercurio y Venus nos ofrecen exactamente el mismo contraste que los cuatro planetas meno- res, porque las escentricidades poco diferentes de Juno y de Palas son triples que las de Céres y de Vesta. Anomalías semejantes se nos pre- sentan cuando consideramos la inclinación de las órbitas sobre el plano de la eclíptica, y la posición relativa de los ejes de rotación; ele-

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mentos que influyen, de muy distinta manera que la cscentricidad, en los climas, en la esten- sion del año y en la duración variable de los dias. Las eclipses más prolongadas, las que re- corren Juno, Palas y Mercurio, son también las más inclinadas sobre la eclíptica, aunque en relaciones muy diferentes: la inclinación de la órbita de Palas, á la que no se encuentran otras análogas sino entre ios cometas, es próxi- mamente veintiséis veces mayor que la de Jú- piter, mientras que la del planeta menor Vesta, no obstante su proximidad á Palas, apenas es- cede del séstuplo del mismo ángulo. No se ha obtenido mejor éxito en el propósito de formar una serie regular con las posiciones de los ejes de rotación de los cuatro ó cinco planetas, res- pecto de los cuales este elemento ha podido de- terminarse con exactitud. En lo tocante á Urano, á juzgar por la posición de los planos de los dos únicos satélites que de nuevo han sido observados recientemente, la inclinación de su eje de rotación sobre el plano de su órbita apenas llegará IIo; de suerte que Saturno se encuentra así colocado bajo este respecto entre Júpiter, cuyo eje de ro- tación os casi perpendicular al plano üe su órbi- ta, J Urano.

Parece resultar de la enumeración de estas irregularidades, que el mundo de las formacio- nes celestes debe ser aceptado como un hecho, como un dato natural que se oculta á las espe- culaciones del espíritu, por la carencia de todo

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«nlace visible entre la causa y el efecto. En otros términos; las relaciones de magnitud ab- soluta y de posición relativa de los ejes, las ra- zones en que están las densidades en el sistema planetario, las duraciones de rotación, y las escentricidades, son cosas que no nos parecen más ni menos necesarias en la naturaleza qae la distribución de las aguas y de las tierras en la superficie de nuestro globo, los contornos de sus continentes ó la altura de sus cadenas de montañas. Ninguna ley general puede estable- cerse bajo estas diferentes relaciones, ni en los cielos ni en las desigualdades de las capas ter- restres: esos son otros tantos hechos naturales producidos por el conflicto de fuerzas múltiples, que se han movido en otro tiempo en condicio- nes del todo desconocidas hoy. Ahora bien: en materia de cosmogonía el hombre atribuye á la casualidad lo que no puede esplicar por la ac- ción generatriz de las fuerzas que le son fami- liares. Con todo, si los planetas se han formado por la condensación progresiva de anillos de materias gaseosas, concéntricas al Sol, las den- sidades, las temperaturas, las tensiones magné- ticas desiguales de estos anillos, justifican las •diferencias actuales de forma y de magnitud, asi como las velocidades primitivas de rotación, y pequeñas variaciones en la dirección del mo- vimiento, pueden darnos cuenta de las inclina- ciones y de las escentricidades. Por otra parte, las atracciones de las masas y las leyes de la

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gravedad, debieron de jugar aquí su papel, como en los solevantamientos que produjeron las irre- gularidades de la superficie terrestre; aunque es imposible deducir del estado actual de las co- sas la serie entera de las variaciones que han debido recorrer antes de llegar á él. En cuanto á la ley bien conocida por la que se han querido relacionar las distancias de los planetas al Sol, háse demostrado su inexactitud numéricamente respecto de los intervalos que separan á Mer- curio, Vónus, y la Tierra de aquel astro, dado que por otra parte no estuviese, como lo está, en contradicción manifiesta con la noción misma de serie, á causa del primer término que en ella se supone.

Los once planetas principales que hoy com- ponen el sistema solar, van acompañados en sus movimientos por catorce planetas secundarios (lunas ó satélites) cuya existencia es incontes- table; número que se elevaría á diez y ocho si se tuviesen en cuenta cuatro satélites cuya rea- lidad no está bien determinada. Asi, pues, los planetas principales son á su vez los centros de los movimientos de sistemas subordinados. Evi- dentemente, la naturaleza ha procedido en las formaciones celestes como en el reino de la vida orgánica, donde tan frecuente es que las clases secundarias reproduzcan los tipos primitivos alrededor de los cuales vienen á agruparse los animales y los vegetales. Los satélites son más numerosos hacia las regiones estremas del mun-

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do planetario, más allá de las órbitas, tan ínti- mamente ligadas, de los planetas que se llaman menores. Pero los planetas del lado opuesto es- tán desprovistos de lunas, escepto la Tierra, cuyo satélite es proporcionalmente desmesura- do, como que su diámetro equivale á la cuarta parte del de nuestro globo, siendo así que el mayor satélite conocido, la sesta luna de Satur- no, es linealmente diez y siete veces más pe- queño que este último astro. Los planetas más apartados del Sol, los mayores, los menos den- sos y más aplanados, son precisamente los que poseen mayor número de satélites. Ni el mismo Urano forma escepcion de esta regla bajo nin- gún concepto, pues su aplanamiento, determi- nado por las nuevas investigaciones de Msedler, escede en 1{10 al de todos los demás planetas. Pero en aquellos lejanos sistemas, la diferencia de diámetros y de masas entre los satélites y el astro central, es mucho más pronunciada que en el sistema análogo formado por la Tierra y la Luna (40), que distan entre 38,400 miría- metros (51,800 millas geográficas). Las relacio- nes de densidad son también en todo diferentes; porque la densidad de la Luna es 5{9 de la de la Tierra; al paso que el segundo satélite de Júpi- ter parece más denso que su planeta central, si es permitido prestar siempre una entera con- fianza á determinaciones tan delicadas como lo son las de las masas y volúmenes de aquellos satélites.

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De entre todos estos sistemas secundarios, al menos entre aquellos cuya teoría ofrece un cierto grado de exactitud, el más singular es se- guramente el mundo de Saturno, en el cual se encuentran reunidos los casos estremos por lo tocante á ias magnitudes absolutas y distancias de los satélites al planeta central. Asi, pues, el sesto y sétimo satélite de Saturno son enor- mes, de volumen muy superior al de todos los de Júpiter, y principalmente el sesto que quizás difiera poco de Marte, cuyo diámetro es preci- samente el doble del diámetro de nuestra Luna; mientras que por el contrario, los dos satélites más próximos á Saturno, que descubrió en 1787 William Herschell con el auxilio de su telesco- pio de 40 pies, y más tarde observados á duras penas por John Herschell en el Cabo de Buena - Esperanza, por Vico en Roma, y por Lamont en Munich, son, juntamente, con los satélite^ de Urano, los astros más pequeños y los menos vi- sibles de todo nuestro sistema solar; los teles- copios más graduados no bastarían si además no se saben escoger las circunstancias más fa- vorables para observarlos. Por otra parte, los discos aparentes de todos estos satélites, son tan estremadamente pequeños, que la determi- nación de sus dimensiones reales no puede obte- nerse sino por medidas micrométricas, que ofre- cen todo género de dificultades; felizmente la astronomía calculadora, que representa por nú- meros los movimientos de los astros, tales como

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se aparecen al observador colocado en la tierra, tiene menos necesidad de conocer con exactitud loa volúmenes, que las masas y las distancias. De todos estos planetas secundarios, el sé- timo satélite de Saturno es el que más se aparta de su planeta central. Dista de él unos 333,000 iniriámetros próximamente; casi el décuplo que la Luna de la Tierra. El último satélite de Jú- piter está á 19,300 miriáraetros de su planeta central; verdad es que el sesto de Urano, dista- ría 252,000 iniriámetros, si estuviera bien com- probada su existencia. Para acabar de poner de relieve estos singulares contrastes, comparemos ahora el volumen de cada planeta central con las dimensiones de la órbita que recorre su úl- timo satélite. Las distancias de los últimos sa- télites de Júpiter, Saturno y Urano, espresadas en radios de sus planetas centrales respectivos, son entre como 91, 64 y 27; en cuyo caso el sétimo satélite de Saturno apenas dista del cen- tro de este planeta, lo que la Luna del centro de la Tierra, pues la diferencia no escederá de 1[15. El satélite más aproximado á su planeta central es sin duda el primero de Saturno, que nos ofrece además el ejemplo único de una re- volución entera verificada en menos de veinti- cuatro lloras. Su distancia, espresada en semi- diámetros de Saturno, es de 2,47, según Msedler, que vienen á ser 14,857 miriámetros, reduci- ríase á 8,808 miriámetros si se la contase á par- tir de la superficie de Saturno, y á 912 miriá-

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metros desde el borde esterior del anillo: dis- tancia bien pequeña, de la cual se comprende que pueda un viajero darse exacta idea, si se recuerda la aserción del atrevido navegante Beechey, que dice haber recorrido 18,200 millas geográficas (13,500 rairiámetros) en tres años. Por último, si en lugar de comparar entre las distancias absolutas, continuamos evaluándolas en radios de cada planeta central, hallaremos que la distancia del cuarto satélite de Júpiter al centro de este planeta (distancia que escede en realidad 4,S00 miriámetros de la que hay de la Luna á la Tierra) se reduce á seis semidiá- metros de Júpiter, en tanto que la Luna dista de nosotros 60 lj3 radios terrestres.

Por lo demás, las relaciones mutuas de los satélites entre y con sus planetas centrales, prueban que estos mundos secundarios están sometidos á las leyes de la gravitación que ri- gen los movimientos de los planetas alrededor del Sol, Del mismo modo que estos, los doce sa- télites de Saturno, de Júpiter y de la Tierra se mueven de Occidente á Oriente, en elipses que se diferencian poco del círculo. La Luna y el primer satélite de Saturno, cuya escentrici- dad es de 0,068, son los únicos de órbita más elíptica que la de Júpiter. La órbita del sesto satélite de Saturno, que ha sido calculada con bastante exactitud por Bessel, ofrece una escen- tricidad de 0,029, superior por consiguiente á la de la Tierra. En los confines del mundo pía-

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netario, en aquellas regiones apartadas de nos- otros 19 radios de la órbita terrestre, en donde la fuerza central del Sol se halla notablemente debilitada, el sistema de los satélites de Urano presenta anoicalías verdaderamente raras. Mien- tras que los demás satélites recorren, como los planetas, órbitas po''o inclinadas sobre el plano de la eclíptica y se mueven de Occidente á Oriente, sin esceptuar el anillo de Saturno que podria asimilarse á una agregación de satélites confundidos entre sí, ó invariablemente ligados, los satélites de Urano por el contrario, se mue- ven del Este al Oeste y en planos situados casi perpendicularmente á la eclíptica. Las observa- ciones que sir John Herschell ha hecho durante muchos años, confirman plenamente estas sin- gularidades. Si los planetas y sus satélites se han formado por la condensación de las atmós- feras primitivas del Sol y de los planetas prin- cipales; si estas atmósferas se han dividido su- cesivamente en anillos fluidos animados por un movimiento de rotación, preciso es que se hayan producido de una manera desconocida efectos de retraso ó de reacción muy enérgicos, en los anillos de Urano, para que los movimientos del segundo y cuarto satélite se efectúen en sentido inverso á la rotación del planeta central.

Es casi seguro, que cada satélite da una vuelta completa sobre su eje en el mismo tiem- do que emplea en su revolución sideral alrede- dor del planeta á quien sigue; de donde se de-

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duce que el satélite debe siempre presentar la misma cara al planeta. En realidad, estos dos períodos no pueden ser rigorosamente idénticos, por razón de las desigualdades periódicas áe la revolución sideral; tal es la principal causa de la oscilación aparente, es decir, de una especie de balanceo que en nuestra Luna llega a mu- chos grados de longitud y latitud. Asi es como decubrimos sucesivamente algo más de la mitad de la superficie de nuestro satélite, hallándose la parte nuevamente visible, al Este, ya al Oeste del disco aparente. Estos pequeños movi- mientos oscilatorios, y otros del mismo género que se manifiestan hacia los polos, dejan ver mejor en ciertas épocas partes interesantes, ta- les como el circo de Malapert que oculta á veces el polo austral de la Lana, las regiones árticas que rodean el cráter de Gioja, y la gran llanura pardusca, situada cerca de Endimion, cuya os- tensión escede á la del Mare vaporu>n(\\). Sin embargo, los 3[7 de la superficie total de la Luna escapan á nuestras miradas y quedaran ocultos para nosotros eternamente, salva la interven- ción poco probable de nuevas fuerzas perturba- doras. La contemplación de estas grandiosas le- yes del mundo material convida al espíritu á buscar alguna analogía en el mundo de la inte- ligencia, y se piensa entonces en esas regiones inaccesibles donde la naturaleza ha sepultado el misterio de sus creaciones, cuyo destinn pa- rece ser el de quedfr ignoradas para siempre,

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bien que de siglo en siglo la naturaleza nos las haya enseñado en partes muy pequeñas, de que el hombre ha podido recoger una verdad más, á veces una ilusión.

Hasta aquí hemos considerado como produc- tos de una velocidad originaria, y como unidos entre por el lazo poderoso de una atracción recíproca, primeramente á los planetas, después á los satélites y á los anillos concéntricos en, forma de arco no interrumpido, de que nos ofrece ejemplo uno de los planetas más lejanos. Rés- tanos aun señalar otros cuerpos que s^e mueven también alrededor del Sol, cuya luz reflejan, y sea en primer lugar del innumerable enjambre de los cometas. Cuando inquirimos según las reglas del cálculo de las probabilidades la dis- tribución uniforme de las órbitas de estos as- tros, los límites de sus más cortas distancias al Sol y la posibilidad de que escapen á las miradas de los habitantes de la tierra llegamos á asig- narles un número cuya enor.uidad admira. Ya Keplero decia, con aquella vivacidad de espre- sion que poseía en tan alto grado. «Más come- tas hay en el cielo que peces en el Océano. > Y sin embargo, el número de las órbitas calculad¿is hasta hoy apenas llega á 150, si bien es cierto que se evalúa en seis ó setecientos el numero de cometas cuya aparición y curso á través de las constelaciones conocidas se hallan comprobados en documentos más ó menos auténticos. Mien- tras que los pueblos clásicos del Occidente, los

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Griegos y los Romanos, se limitaban á indicar de cuando en cuando el lugar del cielo en que un cometa aparecia, sin precisar jamás su tra- yectoria aparente, los Chinos, por el contrario, observaban y anotaban con cuidado todos estos fenómenos, de suerte que sus ricos anales con- tienen detalles circunstanciados acerca del ca- mino seguido por cada cometa. Estos documen- tos se remontan á más de cinco siglos antes de la era cristiana, y los astrónomos sacan aún de ellos útiles resultados (42).

Entre todos los astros de nuestro sistema so- lar, los cometas, con sus largas colas, á veces de muchos millones de leguas, son los que llenan los mayores espacios con menor cantidad de materia. En efecto, es imposible atribuirles una masa equivalente á 1[5U00 de la masa terrestre, cuando menos si se atiende á los únicos datos que se tienen hoy acerca de este punto; y sin embargo, el cono de materias gaseiformes que los cometas proyectan á lo lejos, ha sido algu- nas veces (en 1í380 y en 1811) de longitud igual á la de una línea que se tirase desde la Tierra al Sol; línea inmensa que atraviesa la órbita de Mercurio y la de Venus. Parece también que es- tas emanaciones han llegado á nuestra atmósfe- ra, y para mezclarse á ella, singularmente en 1819 y en 1823.

Se presentan los cometas bajo aspectos tan diversos, con relación mas bien á los individuos que á la especie misma, que seria imprudente

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generalizar los hechos observados y aplicarlos indistintamente á todas las apariciones de estas nubes errantes; nombre que las daban ya Xeno- phanes y Theon de Alejandría, contemporáneo de Pappus. Los cometas telescópicos están casi siempre desprovistos de cola, y se parecen á las estrellas nebulosas de Herschell, pues presentan el aspecto de nebulosidades redondeadas, de luz pálida y concentrada hacia el medio. Tal es, por lo menos, el tipo más sencillo de la especie; pero no lo señalamos como tipo de un astro na- ciente, porque puede referirse igualmente á as- tros antiguos, cuya materia se hubiese volati- lizado y diseminado poco á poco en el espacio. Cuando se trata de cometas mayores y más vi- sibles, se distingue en ellos la cabeza^ el cuerpo y la cola simple ó múltiple, á la cual los astró- nomos Chinos daban el pintoresco nombre de escoba (sui). En general el núcleo no tiene con- tornos bien definidos; sin embargo, se han visto algunos tan brillantes como las estrellas de pri- mera ó de segunda magnitud, y aun en pleno dia hasta en la parte del cielo más iluminada por el sol, se distinguieron los núcleos de los grandes cometas que aparecieron en los años 1402, 1532, 1577, 1744 y 1843 (43); hechos nota- bles de donde podria deducirse que la materia de los cometas está á veces condensada y más apta para reflejar la luz solar. Los únicos come- tas que han presentado un disco bien determi- nado en los grandes telescopios de Herschell (44)

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son el cometa de 1807 descubierto en Sicilia, y el magnífico de 1811, cuyos discos tenían 1* y 0,77 de diámetro aparente, lo cual 100 y 79 miriámetro8 para los diámetros reales. Los nú- cleos, de contornos menos claros, de los cometas de 1798 y 1805 no tenían más que cuatro ó* cinco miriámetros de diámetro. Los cometas cuya constitución física fué mejor estudiada, y sobre todo el cometa ya citado de 181) que permane- ció visible tan largo tiempo, presentaron la par- ticularidad notable de que el núcleo no parecía formar cuerpo con la nebulosidad luminosa que le rodeaba, viéndose por todas partes un espacio oscuro que mutuamente los aislaba. Además, la intensidad de la luz, no crecía regularmente del estremo al centro de la cabeza, dibujándose brillantes zonas concéntricas alternando con ca- pas de una nebulosidad más rara y menos reflec- tantes, y por consiguiente más oscuras. Unas veces la cola es simple, otras es doble, y en este último caso las dos ramas tienen ordina- riamente longitudes muy desiguales (1807 y 1843); el cometa de 1744 tenia una cola séstupla cuyos radios estremos formaban un ángulo de 60°. La cola es, además, recta ó curva; en este último caso puede ser cóncava por sus dos bor- des esteriores (1811), ó por un solo lado, y en- tonces la concavidad está dirigida hacia la re- gión que abandona el cometa, á manera de llama obligada á quehrarse por un obstáculo. Final- mente, las colas están siempre opuestas al Sol,

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y dirigidas en el sentido de una linea que par- tiendo de su erigen fuese á parar al centro de aquel astro. Según Eduardo Biot, esta observa- ción capital habia sido notada ya en el año 837 por los astrónomos chinos; pero no fué señalada en Europa hasta el siglo XVI por Fracastor y por Pedro Apiano, si bien con mayor exactitud. Muchas de estas apariencias ópticas tan compli- cadas se esplican de una manera muy sencilla, considerando las emanaciones gaseosas que pro- yectan á lo lejos los cometas, como atmósferas de forma conoidal de capas múltiples.

Para encontrar diferencias salientes en la forma de estos astros, no es indispensable pasar de un cometa á otro v comparar los cometas desprovistos de apéndice visible con el 3o de 1618, por ejemplo, cuya cola tenia 104° de longitud; porque está fuera de duda que un cometa espe- rimenta cambios continuos que se suceden con sorprendente rapidez. Heinsius lo comprobó en San-Petersburgo con el cometa de 1744; pero las observaciones más exactas y decisivas acerca de estas variaciones de forma las hizo Bessel en Kcenigsberg ala última reaparición del cometa de Halley en 1835. Hacia la parte del núcleo que miraba directamente al Sol se apercibió un apéndice lumircso en forma de borla, cuyos ra- yos se encorvaban por detrás y venían á con- fundirse con la cola; «el núcleo del cometa de Halley se parecía con sus efluvios á un cohete volante algún tanto quebrado de cola por el im-

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pulso de una brisa ligera.» Arago y yo hemos notado desde el Observatorio de París cambios notables, de una noche á otras en los rayos emi- tidos por la cabeza del cometa (45). El gran astrónomo de Koenigsberg ha deducido de sus numerosas medidas y consideraciones teóricas, «que el cono luminoso se alejaba poco á poco de la dirección del radio vector en una cantidad considerable, pero que volvia siempre á la mis- ma dirección para separarse de ella enseguida del lado opuesto; por consiguiente, el cono lu- minoso y el cuerpo del cometa de donde habia sido proyectado, debian estar animados de un movimiento de rotación ó más bien de oscilación en el plano de la órbita. Estas oscilaciones no pueden esplicarse por la atracción que el Sol ejerce sobre todos los cuerpos pesados, denotan mas bien la existencia de una fuerza polar, es decir, de una acción que pugnase por llevar en dirección del Sol la extremidad de uno de los diámetros del cometa, y por alejar del mismo astro la otra estremidad. La polaridad magné- tica de la Tierra, ofrece fenómeno análogo; y si el Sol estuviese dotado de la polaridad inversa, el efecto podría hacerse sentir en la retrograda- ron de los puntos equinocciales.» No es aquí lugar de dar más amplios desarrollos á este asunto; pero nos ha parecido que observaciones tan memorables (46), consideraciones tan gran- diosas acerca de los astros más estraordinarios del sistema solar, merecían tener sitio propio

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en el bosquejo de un cuadro general de la na- turaleza.

Contra la regla general que siguen las colas de los cometas de hacerse mayores y más bri- llantes en la proximidad del perihelio, aunque permaneciendo constantemente en dirección opuesta al Sol, el cometa de 1823 ha ofrecido el curioso espectáculo de una cola doble, una de cuyas ramas se contraponía al Sol mientras que la otra se estendia casi rectamente hacia este astro, formando con la primera un ángulo de 160°. ¿No podriamos recurrir para esplicar este fenómeno escepcional, á ciertas modificaciones de la polaridad obrando sucesivamente y pro- vocando esas dos corrientes de materia nebu- losa que luego pudieron continuarse libremente? (47) En la filosofía natural de Aristóteles se en- cuentra una conexión estraña entre la via lác- tea y los fenómenos que acabamos de describir. Supone el Estagirita que las innumerables es- trellas de que está compuesta 'a vía láctea, for- man en el firmamento una zona incandescente (luminosa), como un inmenso cometa cuya ma- teria se renueva sin cesar. (48)

Las ocultaciones de estrellas causadas por el núcleo de un cometa ó por la capa atmosférica que inmediatamente le rodea, nos daria mucha luz sobre la constitución física de estos nota- bles astros, si existiesen observaciones por cuya virtud hubiéramos podido llegar al convenci- miento de que la ocultación ha sido realmente

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central (49): pero esta condición se obtiene di- fícilmente, merced á las capas concéntricas de vapores alternativamente densos y raros que rodean el núcleo y de que antes hemos hablado. He aquí, sin embargo, un hecho de e¿ta especie que las medidas llevadas á cabo por Bessel el 29 de Setiembre de 1835, han puesto fuera de toda duda. Una estrella de décima magnitud se ha- llaba entonces á 7, 78 del centro de la cabeza del cometa de Halley, y su luz debia atravesar una parte bastante densa de la nebulosidad; el rayo luminoso, sin embargo, no se separó en nada de su dirección rectilínea (50). Una caren- cia tan completa de poder refringente, no per- mite admitir que la materia de los cometas sea un fluido gaseiforme. ¿Deberemos, pues, recurrir á la hipótesis de un gas casi infinitamente en- rarecido, ó bien habremos de suponer que los cometas consistan en moléculas independientes, cuya reunión forma nubes cósmicas desprovis- tas de la facultad de obrar sobre los rayos lu- minosos, de igual manera que las nubes de nues- tra atmósfera, que no alteran nada las distan- cias zenitales de los astros que observamos? En cuanto á la disminución de luz que las estrellas sufren al parecer por la interposición de la sus- tancia cometaria, hásele atribuido justamente al fondo iluminado sobre el cual se proyectan entonces sus imágenes.

Debemos á las investigaciones de Arago so- bre la polarización los datos más importantes y

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decisivos acerca de la naturaleza de la luz de los cometas. Su polariscopo le ha servido para resolver los más difíciles problemas, así sobre la constitución física del Sol como de los cometas. Este instrumento permite en muchas circuns- tancias, determinar si un rayo de luz, que llega hasta nosotros luego de haber recorrido un es- pacio cualquiera, es un rayo directo, un rayo reflejado, ó un rayo refractado; y si el manan- tial de luz de donde emana es un cuerpo sólido, líquido ó gaseiforme. Con ayuda de este aparato, fueron analizadas simultáneamente en el obser- vatorio de París la luz de la Cabra, y la del gran cometa de 1819: la luz de la estrella fija obró como debia esperarse, es decir, como deben ha- cerlo los rayos emitidos bajo todas las inclina- ciones y en todos los azimuts posibles por un sol que brilla con luz propia, mas la luz del co- meta apareció polarizada, y tenia por consi- guiente luz refleja (51).

La existencia de rayos polarizados en la luz que nos llega de los cometas no ha sido única- mente comprobada por la desigualdad de brillo de dos imágenes, pues de ello nos ha dado una nueva prueba el contraste sorprendente de los colores complementarios, basado en las leyes de , la polarización cromática descubierta por Arago en 1811. Estas observaciones se renovaron con el mismo resultado en 1835, época de la última aparición del cometa de Halley. Sin embargo, estos brillantes trabajos no son bastantes para

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decidir si de la luz propia de los cometas, no se mezcla nada, á la luz solar que estos astros re- flejan; combinación de la cual ciertos planetas, tal como Venus, ofrecen un ejemplo bastante probable.

Tampoco es posible atribuir todas las varia- ciones que se han notado en el brillo de los co- metas á sus cambios de posición relativamente al Sol. Pueden nacer también de la condensación progresiva y de las modificaciones que debe es- perimentar el pod^r reflectante de las materias que los forman. Hevólius descubrió que el núcleo del cometa de 1618 se disminuyó á su paso por el perihelio y se dilataba á medida que el astro alejábase del Sol. Estos hechos notables fueron largo tiempo olvidados, y Val fué quien renovó sus observaciones sobre los cometas de corto pe- ríodo; el hábil astrónomo de Marsella hizo ver con cuanta regularidad decrece el volumen de los cometas al mismo tiempo que su radio vec- tor; pero parece bien difícil encontrar la esplica- cion de este fenómeno en la acción de un éter cósmico más condensado hacia el Sol, porque en- tonces sería necesario representarnos la atmós- fera de los cometas como una masa gaseosa im- penetrable al éter (52).

Merced á la variedad de formas de las órbitas cometarias, la astronomía solar se ha enriqueci- do en estos últimos tiempos con un brillante des- cubrimiento. Encke demostró la existencia de un cometa de corto período que no se aparta ja-

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más de la región en que se mueven los planetas, y tiene situado el punto de su órbita más lejano del Sol, entre la región de los planetas menores y la de Júpiter. Su escentricidad es de 0,845 (la de Juno, la más fuerte de todas las escentricida- des planetarias es de 0,255.) El cometa de Encke se ha presentado á la simple vista, en diferentes ocasiones, especialmente en 1819 en Europa y en 1822 en la Nueva Holanda, donde le vio Rümker, pero siempre con dificultad. El tiempo de su re- volución es próximamente de tres años y medio. Resulta de una comparación bastante minucio- sa entre los pasos sucesivos de este cometa por el perihelio, que los períodos comprendidos en- tre 1786 y 1838 han disminuido regularmente de revolución en revolución, dando una variación total para los cincuenta y dos años de 1 dia y 8ll0. Para armonizar juntamente los cálculos y las observaciones, no ha bastado llevar una cuenta exacta de las perturbaciones planetarias, y ha sido preciso recurrir á una hipótesis, en parte muy verosímil, y suponer que los espacios celes- tes están llenos de una materia fluida escesiva- mente tenue, que opone cierta resistencia á los movimientos, disminuye la fuerza tangencial, y también por consiguiente, los grandes ejes de las órbitas cometarias El valor de la constante de esta resistencia parece poco diferente antes y después del paso del cometa por su perihelio, quizás á causa de las variaciones de forma que esperimenta entonces esta pequeña nebulosidad,

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ó de la densidad variable de las capas formadas por el éter cósmico (53). Estos hechos, así como las teorías que de ellos nacen, son seguramen- te una de las partes más interesantes de la as- tronomía moderna. Añadamos que los cálculos de las perturbaciones del cometa de Encke han dado ocasión de someter á una prueba delicada la masa de Júpiter, que juega tan importante papel en la astronomía, y producido una dis- minución sensible en los cálculos hechos sobre la de Mercurio.

A este primer cometa de corto período hay que agregar otro, el de 1826, también planeta- rio, cuyo afelio está colocado más allá de la ór- bita de Júpiter, pero más lejos aun de la de Sa- turno. Este cometa, llamado de Biela, efectúa su revolución alrededor del Sol en 6 años y 3i4. Es más débil que el de Encke, y se mueve, como este, en el mismo sentido que los planetas, en tanto que el cometa de Halley es retrógrado. Este es el único caso que se ha presentado has- ta aquí de un cometa que corta la órbita ter- restre, y que podría ocasionar por su encuentro con la Tierra una catástrofe, si es permitido emplear esta voz hablando de un fenómeno des- conocido en la historia y cuyas consecuencias escapan á toda apreciación. Es cierto que pe- queñas masas animadas de una velocidad enor- me, pueden producir efectos considerables; pero después de haber probado Laplace que es impo- sible atribuir al cometa de 1770 ni aun los 5[1000

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de la masa de la Tierra, ha calculado con bastan- tes visos de probabilidad que la masa media de los cometas es inferior en 1U00000 de la de la Tierra (próximamente 1[1200 de la masa de la Luna) (54). Sea como quiera, es preciso guar- darnos de confundir el encuentro de la Tierra y del cometa ¡le Biela con el paso de este á través de nuestra órbita; paso que se verificó el 29 de octubre de 1832, hallándose la Tierra entonces á una distancia tal de este punto de su órbita, que no llegó á él sino al cabo de un mes entero.

Las órbitas de estos dos cometas de breve pe- ríodo se cortan también entre sí, no siendo por lo tanto improbable, atendiólas las fuertes per- turbaciones á que están sometidos estos pequeños astros, que puedan encontrarse y chocar (55). Si tal acaeciese efectivamente, á mediados de un mes de octubre, los habitantes de la Tierra pre- senciarían el maravilloso espectáculo del choque de dos cuerpos celestes, ó más bien de su mutua penetración, tal vez de una aglutinación que los reuniese en un solo cuerpo, ó quizás también los veríamos disiparse completamente en el espacio. Tales consecuencias de la acción perturbadora de las masas preponderantes ó de la situación relativa de órbitas que se cruzaron siempre, pue- den muy bien haberse realizado frecuentemente, miles de siglos, en la inmensi ¡ad de los cielos; estos acontecimientos no dejarían de ser por ello accidentes aislados, sin acción sobre los grandes hechos generales, y sin más influencia que la

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erupción ó la obliteración que un volcan puede tener en el estrecho dominio que ocupamos.

Un tercer cometa de corto período ha sido descubierto por Faye el 22 de noviembre de 1843 en el Observatorio de París. Su órbita elíptica se acerca más á la forma circular que la de todo otro planeta conocido, y está comprendida entre la órbita de Marte y la órbita de Saturno. El cometa de Faye, que según los cálculos de Golds- midt, rebasa en su afelio la región de Júpiter, pertenece al pequeño número de cometas cuyo perihelio está situado más allá de la órbita de Marte. Su período es de siete años 29il00, y la forma actual de su órbita es debida quizás á la acción perturbadora de Júpiter, del cual estuvo muy cerca esto cometa hacia fines del año 1839.

Si consideramos á todos los cometas de órbi- tas elípticas como partes integrantes del mundo solar, y los colocamos ñor el orden de sus gran- des ejes y de sus escentricidade**, encontraremos muchos que pueden ponerse inmediatamente des- pués de los tres cometas planetarios de Encke, Biela y Faye. En primer lugar el cometa descu- bierto por Messier en 1766, que Clausen mira como idéntico al tercer cometa de 1819; después, el cuarto cometa de este último año descubierto por Blanpain, y análogo, según Clausen,